Date: Fri, 25 Nov 2011 19:44:33 +0100
From: J. <gladmc@gmail.com>
Subject: Maestro de Partituras - Chapter 2

Advertencia: Esta historia es ficción (no está basada en hechos reales) e
incluirá menores manteniendo relaciones sexuales. Si no te interesa este
tipo de temas, en tu país es ilegal, o crees que no puedes soportar el
leerlo, sería recomendable que dejases este site a partir de ya.

Por otro lado, el autor manifiesta su total desinterés por estos hechos en
caso de que sucediesen en la realidad. La fantasía, cuanto más irreal
mejor.

Podéis enviarme vuestra opinión o sugerencias a GladMC@gmail.com

Gracias :)

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MAESTRO DE PARTITURAS - Capítulo 2


Mientras llenaba mi cerebro adolescente con la pura esencia del poder,
alguien volvió al mundo de los vivos.

Confundido como estaba, Leo, el que segundos antes fue un perro, miró al
suelo intentando entender por qué estaba a cuatro patas apuntando sus
partes privadas al árbol más cercano. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Qué
hacía en esa pose? Estaba resultando ser un día duro. Quizás el sol le
había derretido algunas neuronas.

Y mientras recobraba su manera normal de pensar, deseando que yo no hubiese
visto nada de nada, el Sr Powell regresó. Un repentino pensamiento maligno
se empezó a erigir en mi mente... Y por algún motivo, también en mis
pantalones.

- Ya he vuelto, chicos, espero que no os hayáis aburrido mucho.

- Para nada, Sr Powell. Para nada.

- ¿De veras? Muy bien entonces, intentemos hacer esto lo mejor que
podamos. No quiero que ninguno de mis chicos salga herido en mis
patrullas. Agarra este extremo de la cuerda, hijo, y átalo a aquel
árbol. Yo estiraré desde aquí, y tú David intenta ir escalando, ¿De
acuerdo?

- ¡Perfecto!

Guardé la flauta de vuelta a mi bolsillo, agarré el extremo de cuerda que
el Sr Powell me había lanzado y con su ayuda conseguí subir los dos metros
de altura del agujero en el que me había quedado atrapado. ¡No me había
dado cuenta antes, pero los brazos del Sr Powell eran realmente fuertes!
Todos sus músculos se agrandaban con cada estirada que hacía de la cuerda,
y la camisa de jefe scout parecía que le fuese a reventar en cualquier
momento. Era fácil de ver que los años de trabajo como bombero le habían
sentado muy bien.

- Encantado de verte de vuelta en la superficie, chico. Por suerte solo
tienes un par de rasguños. Tu uniforme ha quedado un poco destrozado, pero
ya lo arreglaremos cuando lleguemos al campamento.

- No se preocupe, Sr Powell, tampoco está tan mal.

- Si todos estamos bien, empecemos a caminar. Se está haciendo de noche y
los demás chicos nos esperan preocupados.

Y sin más conversación, los tres empezamos a caminar. Leo, visiblemente
afectado aun por los hechos extraños de unos minutos antes, tenía una
expresión pensativa mientras su padre le explicaba los planes familiares
para la semana siguiente. Al parecer el hermano del Sr Powell iba a
visitarles para celebrar el cumpleaños de alguien. No me podía importar
menos. Yo tenía cosas mejores en las que concentrarme.

Puse sigilosamente mi mano en el bolsillo y saqué la flauta. Y mientras la
melodía sonaba empecé a visualizar.  No quería darme prisa, así que empecé
con algo simple para el adulto del grupo:

"Lo primero, la vida en el campamento. Qué bueno que es que los niños estén
en contacto con la naturaleza. Qué bien que sienta estar en compañía de un
adulto respetable. Usted, Sr Powell, usted es su único mentor, el guía al
que deben seguir. Usted tiene que ser respetado porque lo que usted ordena
es solo por el bien de los niños."

Levanté la vista y vi cómo la cara del Sr Powell brillaba con una sonrisa
de paz.

Continué enviando imágenes a través de la melodía:

	"Es bueno dar órdenes a los chicos, son demasiado jóvenes para
saber qué está bien y qué no. Por eso necesitan cierta autoridad. Tienen
que obedecer sus órdenes y en caso de que se nieguen a seguirlas, hay que
castigarlos"

El Sr Powell cambió su expresión de satisfacción por una más seria.

	"Pero los chicos son tan puros, tan sagrados. ¡Son ángeles! ¡Bellos
y preciosos ángeles! Con sus adorables ojos, y sus resplandecientes caras
de felicidad. Esas sonrisas traviesas y actitud juguetona. Cómo saltan de
aquí a allá, cómo juegan entre ellos, cómo se tocan entre ellos, cerca del
río, nadando, saltando, llenos de vida, mientras el sol brilla en su joven
y suave piel. Y le miran, Sr Powell, le miran mientras juegan entre
ellos. Invitantes, contentos, mientras esperan que usted les guíe, les
enseñe a disfrutar de sus sexys y jóvenes cuerpos..."

El Sr Powell paró sus pasos de repente, hizo una mueca y sacudió su cabeza.

- ¿Qué demonios...?

- Papá, ¿estás bien?

¿Quizás estaba yendo demasiado deprisa?

- Nada, hijo, no es nada. Creo que me ha dado demasiado sol en la cabeza.

Pero yo podía ver algo nuevo en el Sr Powell. Una mezcla entre miedo y
placer mientras conversaba con su hijo.

Decidí ir más allá. No había probado mucho la flauta así que quería ver
hasta dónde podía llegar su poder:

	"Sí, están llenos de sensualidad. Cada poro adolescente, cada parte
de su pubescente cuerpo exhala sexualidad en efervescencia. Incita a
imágenes de sexo sucio y duro. Son la fruta prohibida, la pieza más
preciada de un cazador. Y comer de esa fruta tiene que ser la experiencia
más deliciosa..."

- N-no..., no...

Podía oír al Sr Powell, confundido y asustado mientras esos inesperados
pensamientos invadían su mente. Pero yo no tenía ninguna intención de parar
de jugar:

"Sienta la fuerza de las imágenes, cómo le van atrapando poco a poco en una
telaraña de sexo desenfrenado con esos inocentes chavales que dependen de
usted para valerse de si mismos, que le piden que les enseñe a hacer todo
lo que está prohibido pero que es bueno para ellos, es bueno para usted, Sr
Powell."

El paso firme del Sr Powell se fue ralentizando a medida que yo iba
saturándole la mente con imágenes de lo más perversas. De dónde venían, no
lo sé, pero salían de mí como si hubiese estado expuestas a ellas durante
una muy larga vida.

"Y Leo es el más precioso de toda la corte angelical. Su sonrisa perfecta,
sus redondos y suaves bíceps, sus bien definidos pectorales, sus piernas
brillando con los rallos del sol..."

El Sr Powell paró sus pasos otra vez. Esta vez con los ojos cerrados y las
manos en la cabeza. Negando como si hablase con alguien.

- Papá, ¿estás seguro que estás bien? ¿¡Papá!?

"Observa como su fuerte y joven cuerpo resalta a través de su uniforme de
scout. Cómo sus ojos inocentes te piden que le poseas, que le enseñes
cuánto le quieres, que le demuestres tu amor de padre. Lo desea, y tú te
mueres por demostrárselo."

No podía ni mirar a su chico. Centenares de imágenes obscenas se propagaban
por su mente. Su pequeño muchacho, desnudo, tocándose a sí mismo, ¡tocando
su delicada piel adolescente, gimiendo de placer...!

	"Los ojos azules de Leo, son invitantes. Quiere ser querido,
necesita sentir el amor de su padre. Lo quiere, lo desea ahora mismo. No
hay nada malo ¡No hay nada malo! No hay nada malo en tocar a tu sexy hijo
con amor..."

- No hay nada malo... En tocar a mi sexy hijo...

- ¿Papá...? ¿Qué...?

La cara de Leo era pura confusión. Su padre delante de él, con mirada
ausente mientras recitaba que estaba bien tocarle. ¡Tocar a su "sexy" hijo!

	"Desnudarlo, besarlo, acariciarlo. Deseas acariciarlo, sentir su
piel en tus manos, probar el gusto de su piel..."

- Des...Desnudarlo... Pro... Probar su piel...

Temblando y como en cámara lenta, el Sr Powell se giró en dirección a su
hijo. Sus manos lentamente acercándose al cuerpo del chico. Daba la
impresión que se moviese a contracorriente, pero una expresión de lujuria
brillaba en sus ojos.

Sus manos alcanzaron finalmente el cuerpo de su hijo, el cual se encontraba
paralizado por la impresión.

Dándole una última oportunidad a su padre, Leo pensó en la posibilidad de
que su padre estuviese bromeando. Algún tipo de broma macabra y
desagradable que por su poca experiencia en la vida no era capaz descifrar
aún. Pero el Sr Powell estaba demasiado ocupado desabrochando los botones
de la camisa de scout de su hijo y deshaciéndose de su lazo como para
responder las preguntas de Leo.

Entonces centré mi melodía en el niño consentido. Había llegado el momento
de que recibiese su dosis de medicina.

"No te puede mover, Leo. Tus piernas están ancladas al suelo, tu cuerpo
está totalmente congelado y tus manos son tan pesadas como dos grandes
rocas."

Era obvio que la música funcionaba. Leo paró de esquivar y rechazar los
besos apasionados de su padre, y "papi" aprovechó mi regalo deslizando su
cabeza hacia los rosados pezones de niño de su hijo.

- ¡No! ¡Papá! ¡No!

"Tu padre es el ser más preciado para ti, ¿no es así? Se preocupa por ti,
te cuida. Le quieres tanto como él te quiere a ti, y aun y así, le
rechazas. ¿No te da vergüenza?"

Mientras su padre seguía lamiendo y besando la parte superior del chico, la
cara de Leo mostraba emociones contrarias. Se esforzaba enérgicamente en no
caer en el embrujo de mi melodía, pero yo me sentía poderoso y nada me iba
a parar.

	"Te lo da todo, es la personificación de lo que quieres ser, y lo
rechazas. ¿Es eso justo para aquel que te ama? ¿Qué hay de malo en dejar
que tu padre se divierta un poco? ¿Está mal que un padre y su hijo se
quieran el uno al otro? ¿Que muestren afecto?"

Su padre volvió su cabeza hacia arriba, directo en los ojos húmedos de su
hijo.

"Hijo, te quiero. Eres lo más valioso que tengo. Mi hijo querido..."

Y mientras expresaba sus sentimientos puros hacia su hijo, su cara se
acerco a la de Leo, acortando distancias entre sus bocas, sintiendo el
cálido y acelerado respirar desaparecer en el contacto de sus labios. Leo
se dio finalmente por vencido.

Todo lo que quería era disfrutar de la lujuria que yo le estaba proyectando
tan potentemente en su mente. Sentir el sabor de la lengua de su padre
mientras su cuerpo adolescente era explorado por aquellos fuertes y
masculinos brazos.

Y mientras se besaban, Leo pasó sus brazos por encima de la ancha espalda
de su padre disfrutando cada parte de su musculoso cuerpo.

- Papá... Ahhh... Papá... Yo t-también te q-quiero...

Separó suavemente su cuerpo del de su padre. Los dos se miraron
directamente a los ojos, aquellos preciosos ojos azules que la Madre
Naturaleza les hizo compartir. Sabían lo que el otro quería, necesitaban
expresarlo y estaban tan felices que hubiese sido casi imposible pararlo.

Leo desabrochó la camisa caqui de su padre mientras éste acarició las
mejillas del trasero del chico. Eran pequeñas pero firmes. Las había visto
miles de veces cuando el chico era más joven, pero nunca pensó que pudiesen
parecerle tan excitantes.

Ya no hacía falta que siguiera tocando la flauta. Parecía obvio, mientras
mi más odiado amigo sumergía su cara en el peludo pecho de su padre,
disfrutando de su almizclado y masculino olor, que mi gran venganza estaba
dirigiéndose por el camino correcto.

Y Dios mío, ¡hasta yo disfrutaba del espectáculo! Una pequeña erección
apretaba mis pantalones de scout. Creo que podría haberme corrido al
instante. Decidí darme un pequeño premio por mi gran trabajo tocando mi
pito por un rato. No podía dejar que aquellos dos fuesen los únicos en
divertirse, ¿verdad?

Mientras agarraba la cinta de mis pantalones cortos, también lo hizo el Sr
Powell con los de su hijo. Se puso lentamente de rodillas en el suelo,
bajando el trozo de tela en el proceso, hasta que encontrarse cara a cara
con el pene de su querido hijo.

Me alegré de ver que a Leo también le había crecido algo de pelo, en su
caso rubio, entre el obligo y su pito. Nunca se me ocurrió pensar que el
pelo de allá abajo sería algo más oscuro que el de su cabeza.

El chico puso sus manos en la cabeza de su padre, despeinándole el cabello
mientras le empujaba hacia su erección.

El papaíto no tenía intención de esperar, y los diez centímetros de dulce
niñez desaparecieron en su boca.

- ¡Aaaaan!

Leo se retorció de placer, gimiendo y jadeando con cada ir y venir de la
cabeza de su padre. ¡Parecía tan agradable! Supongo que tendré que probarlo
alguna vez.

- ¡Papá...! ¡V-voy a...! ¡Creo que voy a estallar...!

Pero el Sr Powell estaba demasiado ocupado, entusiasmado con el sabor
salado de su joven chico de trece años.

Pero de repente el Leo arqueó su cuerpo, cerró los ojos y gritó muy
fuertemente, los gemidos más fuertes hasta ahora.

Sus caderas se agitaron unas cinco o seis veces estampando su pene en la
boca de su padre. El Sr Powell abrió los ojos. Podía sentir algo salado en
su boca, y bajando por su garganta. Tosió y escupió, algo que no acabó de
gustar mucho al aun agitado hijo.

Y pese que yo me lo estaba pasando bastante bien conmigo mismo, tuve que
agarrar la flauta otra vez.

	"Basta. Es suficiente. Ya podéis parar. Habéis disfrutado el uno
con el otro y habéis pasado un buen rato. Abrazaros, sentid que lo que
habéis hecho es algo fantástico y haced nacer el deseo de que esto pase
otra vez en algún otro momento."

Ambos, niño y adulto, se abrazaron. Desnudos, piel contra piel, en una
manera de los más entrañable. Estuve a punto de echar el desayuno de la
cursilería, ¿pero qué clase de ser maligno hubiese resultado ser yo si
hubiese roto su relación padre-hijo?  Además, me quedaría con quien
pasármelo bien tocándole las narices.

	"Guardaréis esta relación en secreto. Sí, un secreto entre padre e
hijo. Así que nadie puede saberlo porque no todo el mundo lo
entendería. Ahora seguid con lo que estabais haciendo. Vestíos y caminad
como si nada hubiese sucedido."

Y tal y como lo había visualizado, los dos acabaron de abrazarse,
recogieron sus ropas, desperdigadas aquí y allá, y yo seguí la fiesta que
había dejado de lado entre mis piernas. ¡Era una sensación tan buena
tocarse!

Pero me sentía un poco solo, y pensé que sería injusto ser el único en
disfrutar. Puse la flauta de nuevo en mis labios y dirigí sus dulces notas
hacia los oídos del Sr Powell.

	"Pero antes de que os marchéis. Ayuda a tu compañero scout. Ha
estado pasando un mal rato desde que se cayó al agujero y no se sentirá
mejor hasta que no se deshaga de su erección."

El hombre vino hacia mí con cara de consternación.

- Muy bien, chico, vamos a deshacernos de esta pequeña molestia que tienes
aquí, ¿de acuerdo?

- ¡Por supuesto!

Se arrodilló, abrió la palma de su mano y acarició arriba y abajo mi rosado
amigo de once centímetros, y adivinad el qué: ¡es mucho mejor que hacérselo
uno mismo! No quería que parase. Deseaba que su manos cubriesen mi pene por
completo, que me hicieran volverme loco hasta que yo también "estallara"
como Leo había hecho minutos antes.

- ¡Aff... Uh... Arf!

- ¿Va todo bien, chico?

- ¡Oh! ¡No te puedes hacer una idea!

Debía de estar gimiendo porque mi voz sonaba más aguda de lo normal y
entrecortada.

Segundos después me encontraba en el séptimo cielo, disparando rayos de
líquido blanco y algo espeso por todas partes. Dejé mi cuerpo caer en el
suelo ya que mis piernas no tenían fuerzas ya para sostenerme.

- ¡Es la mejor cosa que me ha pasado en la vida!

- Me alegro que te encuentres mejor, David. Pero es un poco tarde y tenemos
que irnos, ¿de acuerdo? Vístete deprisa y vámonos.

- ¡Sí señor!

Estaba tan cansado que creía que no me podría mover. Pero el Sr Powell
había sido muy rígido en sus palabras. Seguramente debido a todo lo que le
había contado de que los niños tenían que obedecer, supongo. Como fuese, se
estaba haciendo de noche y yo tampoco quería que se me comieran los lobos o
algo.

Los retomamos la marcha, más felices que nunca. Me sentía muy seguro de mí
mismo. ¡Podía hacer lo que quisiera! Miré la flauta aún de vuelta en mi
bolsillo y mis ojos se llenaron de gratitud.

Pero con una segunda mirada, me dio la impresión de que algo de la flauta
parecía diferente. ¿Era el color? Parecía un poco más... Rojiza.

Entonces fue cuando lo vi. Unas letras habían aparecido grabadas debajo de
mi nombre.

"David
Maestro de Partituras
Seis notas para la melodía final."

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Espero que os haya gustado :) Cualquier sugerencia, aportación u opinión
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