Date: Mon, 14 Mar 2011 17:06:35 +0000
From: Torux Kant <torux@hotmail.com>
Subject: Mario y Miguel 10

Esta historia es ficticia. Los personajes e incidentes son producto de mi
imaginación. Cualquier semejanza con la realidad es mera
coincidencia. Comentarios bienvenidos.


Capítulo X: Los dos Papás  ( MB inc )


Nos prometimos repetir la experiencia, pero queremos que la próxima vez sea
con mayores comodidades, organizar una orgía entre todos y en ausencia
total de las restricciones que origina la presencia de gente no
entendida. Quedamos en intentar reunir allí a los que faltan y ¿quién
sabe?, algún otro chiquito necesitado de un pico adulto que lo guíe en la
senda del sexo ilegal. Intercambiamos nuestros teléfonos con el profesor y
prometimos encontrarnos de nuevo muy pronto. Él se fue con Gonzalo y yo con
los chicos. En el camino se me ocurrió que ir a dejar a Marito a su casa
sería una buena oportunidad de hablar con su papá. Creo que ya es hora que
aclaremos algunas cosas.
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A eso de las siete, cuando estaba a punto de llamar a Marito para averiguar
si ya estaba por venirse a casa, me sorprendí de que llegara con Miguelito
y su papá. Cuando Marito me dijo que lo habían venido a dejar y que el papá
de Miguel quería hablar conmigo, una sensación de que algo no andaba bien
me invadió. Traté de desechar la idea de que él supiera algo. Había pasado
mucho tiempo desde que desvirgué a su hijo como para que ahora recién se
enterara. A pesar de ese sentimiento, el ver a Miguel otra vez, me provocó
una contracción involuntaria del pico. ¡Qué deseable estaba este chico!,
¡Qué ganas de culearme a los dos juntitos, a él y a mi hijo!.

Al papá de Miguel no lo conozco, pero a su abuelo sí. Nos hemos encontrado
en la escuela en algunas ocasiones en reuniones de padres. Un hombre muy
simpático y afable, de fácil conversación.

Los invité a pasar agradeciendo la gentileza de acompañar a mi hijo a
casa. A mi esposa también le pareció un lindo gesto y nos invitó a un café
mientras nos sentábamos en el living. Los niños se fueron al dormitorio de
Mario y... bueno, al parecer el papá de Miguel sólo quería hacer una visita
de cortesía. Conversamos unos minutos y sin darnos cuenta nos fuimos
concentrando en los niños. Comentamos lo extraño que siendo los chicos tan
amigos no nos hubiéramos encontrado antes. Miguel, según su padre, le había
pedido que le consiguiera permiso a Mario para que durmiera en su casa el
fin de semana y, con mi esposa, no vimos razón para impedirlo. Por el
contrario, nos pareció un gesto de amistad que seguramente Mario querría
retribuir más temprano que tarde.

Al pensar en que Miguel se quedara un fin de semana en casa, sin embargo,
me sacó por un instante de la conversación y sólo me di cuenta cuando mi
mujer me pegó un codazo:

-¿Qué te parece?, ¿estás escuchando?, me dijo sonriendo.

-¿Cómo?, la miré, -perdón, me distraje.

-Te decía que qué te parece que el niño se vaya ahora mismo con
Miguel. Tendría que prepararle ropa y una mochila con sus cosas.

-Ah, claro, cómo no. No hay problema, respondí, un poco mosqueado de no
tener al niño a mi disposición por todo el fin de semana.

Después de unos minutos, mi mujer se excusó para ir a preparar las cosas de
Mario y nos quedamos solos con el papá de Miguel.

-No te importa que me lleve a Miguel, ¿no?, me habló en un tono un poco más
bajo y, por primera vez, tutéandome.

-No, por supuesto que no, respondí. Por mí está bien

-Tal vez -arrastró un poco las palabras- te gustaría tener a Miguelito aquí
algún día.

Quise decirle que sí, que me fascinaría tenerlo conmigo nuevamente y
meterle el pico hasta el fondo como ya lo hice una vez. Que sería el hombre
más feliz si pudiera llevármelo a la cama y culearlo hasta el cansancio,
pero sólo atiné a abrir la boca sin emitir palabra. Me quedé sin saber qué
decir.

-Mira, yo me llevo a Mario este fin de semana, es de justicia que tú tengas
a Miguel en una próxima ocasión. ¿Qué te parece?.

Su voz me enervaba, su susurro, ese hablar bajito, en secreto, esa mirada
directa a los ojos, cómplice, me decía cosas que quería que fueran ciertas,
pero a la vez me confundía.

-Miguelito me contó todo, –su voz retumbó en mi cabeza.

-... Mi cara se puso roja. ¿Había escuchado bien?.

-No te preocupes. Estás seguro conmigo. Yo también lo hago, murmuró.

¿Qué dijo?, ¿Que él también lo hace?. ¿Hace qué?. No estaba entendiendo y
se lo hice saber.

-Mira, –me dijo- Miguelito y Mario son dos chicos adorables. Nadie se
resistiría. Yo no me he resistido y sé que tú tampoco. Se que te culeaste a
mi hijo, -esto último me lo dijo inclinándose aún más hacia mí- y quiero
que lo vuelvas a hacer cuando quieras. Y espero que tú también me permitas
hacer lo mismo con Marito cada vez que sea posible.

Mi pichula pegó un salto. Mi respiración se agitó. Ahora todo estaba allí
sobre la mesa. Entendí claramente y respondí: Sí, me los he culeado a los
dos y tengo muchas ganas de hacerlo de nuevo.  Y sí te permito que lo hagas
con Mario cuando quieras, pero antes, me gustaría saberlo todo. Mira, le
diré a mi mujer que los iré a dejar; de esa manera podremos pasar a algún
lugar para conversar tranquilos.

Llevamos a los chicos a su casa. No quise entrar, pero tuve oportunidad de
saludar a la señora de Roberto cuando éste salió para subir al auto
conmigo. No sé qué explicación le dio el padre de Miguel y la verdad,
tampoco me importó averiguarlo. Nos dirigimos al parque y allí me contó
todo. Sobre la vez que Miguelito volvió de mi casa bien culeado. No me negó
que había sentido que yo le había usurpado su derecho de padre, pero que
luego asumió que tal vez había sido mejor. Menos sentimiento de
culpabilidad. Me relató cómo él y su suegro habían planeado iniciarlo desde
hacía años, que muchas veces le puso la verga en la boca a Miguelito cuando
aún no tenía edad suficiente para recordarlo. Me contó que fue su suegro
Miguel, el que lo había iniciado en el mundo de las perversiones. Que se
había casado con su mujer para estar cerca del suegro, quien le había
estado enseñando todo lo que ahora sabe desde que él mismo era un
adolescente.

Todo ese cúmulo de información me tenía anonadado, pero a la vez mi pichula
no podía más de erecta. Yo, que hasta antes de Miguelito, había reprimido
completamente cualquier sentimiento de atracción hacia los niños, ni pensar
en hombres adultos, que había creído siempre ser un macho de aquellos, que
había gozado con mujeres toda la vida, hoy me encontraba sentado junto a un
hombre que sabía de mis más oscuros secretos y que me contaba los suyos
propios con un desparpajo impensable si no fuera porque él me conocía mejor
de lo que yo a él.

Marito no había ido a hacer tareas a casa de Miguel. No, ahora sabía que
ese día había sido de aventuras sexuales que ya quisiera un adulto. Me
enteré que Marito ya llevaba cuatro vergas a su haber contando la mía, lo
que llevó mi pene a un estado, si cabe, aún mayor de dureza y deseo de ser
liberado. Sentí mi entrepierna mojada de tanto lubricar. Miré a Roberto y
él también parecía estar en la misma situación.

-¿Has estado con un hombre alguna vez?, me soltó de pronto.

-No, le respondí sinceramente y lo miré en silencio.

-¿Sólo niños?  ¿No sientes que...

No lo dejé continuar. –Vamos al auto, -lo interrumpí.

Conduje a un lugar alejado. A uno de los tantos moteles en que nadie se
entera del sexo de quién entra ni ve la cara del que paga. Un lugar
conocido por mí, donde estaba seguro que no habría testigos.

Allí, en esa habitación, me comencé a desvestir mirando a Roberto fijamente
y sin decir nada. En todo el camino ninguno de los dos dijo nada. Y allí,
en esa habitación, supe que sí, que no dejaría el sexo con una mujer por un
hombre, pero que tampoco podría dejar el sexo con hombres por una mujer.

Cuando me pidió que me pusiera de guatita en la cama, quise dejarle en
claro que yo soy penetrador y que nunca nadie entrará en ese lugar, pero
antes de que hablara yo, él me dijo:

-No temas, no te voy a meter el pico. Sólo hazme caso.

Accedí alerta por si se le ocurría intentar hacer algo que yo no quería,
pero antes de que me diera cuenta, sentí su lengua en mi hoyo. Quise
decirle que no, pero la sensación fue tan exquisita que me dejé hacer. La
punta de su lengua entraba suave, pero firmemente en mi culo causando
involuntarios estremecimientos. Era una chupada ruidosa de su parte, con
esa especie de salvajismo con que algunos hombres nos dedicamos a provocar
placer y buscar el propio. Me gustó la diferencia del sexo con mi esposa en
que normalmente yo era el de la fuerza. Y no es que mi mujer fuera muy
reservada, es sólo que este hombre me mostraba otro tipo de fuerza, una que
yo creía que sólo me correspondía a mí.

Su lengua recorrió mi periné hasta alcanzar mis bolas. Cada milímetro de
piel recibía estímulos jamás experimentados. El recorrido de Roberto hacia
mis bolas me provocaba una especie de calambre en el estómago y creo que
hasta deseé retribuirlo, pero claramente aún no estaba seguro de ser capaz
de hacer eso.

Sus manos me iban indicando qué hacer. Hizo presión hacia arriba en mis
caderas y yo levanté la grupa para que él alcanzara la verga por debajo. Su
boca la engulló de golpe, con destreza, sin que sus dientes tocaran mi piel
sensible. Succionó fuertemente y la yema de un dedo tocó mi ano. Me
contraje con temor, cerrando el anillo en un acto reflejo, pero sin dejar
de experimentar las maravillosas sensaciones que su lengua provocaba en mi
verga, que ahora en forma increíble se encontraba casi completamente
albergada en su boca. Se me ocurrió en ese instante que si su hijo había
sido capaz de comerse esa verga casi sin chistar no era más que por la
herencia de su padre.

Tomé la iniciativa llevado por un deseo embriagador. Soy un hombre de
naturaleza dominante y sin proponérmelo, me di una vuelta y me ubiqué sobre
su espalda, le hice sentir la verga en la raja mientras le dedicaba unos
mordisquitos en el cuello. Su cuerpo, inusualmente caliente, se retorcía
debajo de mí. Me dije a mí mismo que si ya estaba en eso, lo mejor sería
salir de dudas de hasta dónde podría llegar. Me deslicé hacia abajo y
ubicándome entre sus piernas abrí sus cachetes. Su anillo rugoso, se
escondía allí entre dos grandes nalgas de vello suave. Su cueva era
inusualmente apetitosa. El desagrado que pensé que sentiría no apareció,
sino que por el contrario, me dieron ganas de morderlo, lo que hice
suavemente y avancé con mi boca y nariz entre su canal hasta tocar el hoyo
con la punta de la lengua. Quise hacerlo así, rápidamente, para no
arrepentirme y, la verdad es que no fue en absoluto desagradable.

Un fuerte aroma a sudor me recibió de golpe, sin embargo, más me calentó y
con la lengua en punta acaricié el anillito que parecía despedir calor. Me
sorprendió lo rico que resultó tocarlo allí y, sin pensarlo mucho, lo volví
a tocar con la lengua, esta vez tratando de traspasar su anillo lo que
logré sin dificultad. No encontré el olor a caca que esperaba, en vez de
eso un incontenible deseo de hacerlo mío se apoderó de mis sentidos. La
necesidad de hacerle saber que entre nosotros el macho era yo se hizo tan
fuerte que un poco torpemente o tal vez un poco intencionalmente, le metí
un dedo en el hoyo sin poner cuidado de no lastimarlo. Quise que supiera
que si le dolía debía aguantar.

Lo que en principio era una lamida tentativa se transformó en una comida de
culo de padre y señor mío, yo mismo me sorprendía de lo apetitoso que puede
ser un culo masculino, acostumbrado como estaba a chupar la concha de mi
mujer, encontraba que este nuevo manjar era una auténtica delicia, lo que
se dice un "bocatto di cardinale". Escupía en el agujero y luego pasaba mi
lengua, jugaba con un dedo metiendo la punta para advertir el fuego de su
gruta. ¿Cómo sería meter el miembro allí?.

Subí por su espalda y escupiéndome el pico apunté con él a su hoyo que
sería mío en unos segundos más, pero no contaba con la calidad de experto
de Roberto que me recibió sin dolor abriéndose para mí. Recordé en ese
instante la primera vez que culeé a Marito, mi niño. ¿Acaso no le había
pedido yo que hiciera fuerzas como para cagar?.  Bueno, esto es exactamente
lo que Roberto hizo y así fue como mi verga ingresó abriéndose paso por sus
pliegues internos hasta dejar sólo las bolas afuera. Roberto dio un suspiro
y ladeó su cabeza debajo de la mía cerrando los ojos y apretándome la verga
con su esfínter.

Mordí el lóbulo de su oreja mientras le susurraba lo rico que tenía el
culo, y ante cada susurro lo clavaba con mi estoque en la cama. Aceleré los
movimientos sujetándolo de los hombros. Mi verga completamente enterrada
salía casi completamente para volver a meterse hasta el fondo.

Salí de él y volteándolo de espaldas lo enfrenté con sus piernas en mis
hombros y la volví a meter, esta vez ambos mirándonos a la cara. El sudor
bañaba su pecho y el mío. Comencé un lento mete y saca sin dejar de mirarlo
para acelerar después, los cocos chocando con sus nalgas. Con movimientos
en círculo mi pene lo fue abriendo más y más, para luego arremeter con
furia otra vez. Su respiración entrecortada me hablaba del esfuerzo por
aguantar mi cabalgada. Me recosté en su pecho sin dejar de culearlo y con
mi cara muy cerca de la suya lo miré y él me besó. Suavemente al principio,
para tomar mi cara con ambas manos después y meter su lengua en mi boca sin
que el incesante martillear de mi verga en su culo cesara en ningún
instante. Pensé en que si alguien nos viera así, tan desbocadamente
calientes no podría sino querer participar de esta unión de dos machos
sementales que, con la mirada perdida el uno en el otro, se amaban con
lujuria y descontrol.

Eyaculé con tanta potencia que sentí que mi leche salía a borbotones del
culo de Roberto y éste, no aguantando ya más y sin tocarse, escupió su
simiente en su barriga con los ojos cerrados y a punto del desmayo. El
sopor que me invadió hizo que cayera sobre el cuerpo del papá de Miguel y
allí, mojados en nuestro sudor y fluidos corporales nos quedamos un ratito
abrazados como dos hermanos y lo amé desde lo más profundo de mi corazón.

Nos bañamos juntos, cuidando de no mojarnos el pelo para no atraer
sospechas en nuestros respectivos hogares y lo acerqué a su casa. En el
camino conversamos de nuestros planes futuros, no quería perder esta nueva
y fantástica amistad con Roberto, ni la oportunidad de disfrutar de Miguel
tantas veces como quisiera. También me seducía la oportunidad que tenía de
ver a un hombre culeando con Marito. Eso me parecía sumamente excitante.
Roberto me contó de los planes con el profesor de juntarnos todos, pero
¿cómo lo lograríamos?. De pronto se me ocurrió una idea y se la planteé a
Roberto. Al parecer a él le gustó también. Decidimos que nos juntaríamos
con el profesor y si él estaba de acuerdo, afinaríamos detalles.


Torux