Date: Thu, 17 Feb 2011 14:29:19 +0000
From: torux torux <torux@hotmail.com>
Subject: Mario y Miguel 6

Esta historia es ficticia. Los personajes e incidentes son producto de mi
imaginación. Cualquier semejanza con la realidad es mera
coincidencia. Comentarios bienvenidos.




Capítulo VI: Mi Papá Fernando          ( Mb inc )

Así como lo que pasó con mi papá esa noche no fue planeado, tampoco lo fue
lo que ocurrió tiempo después con mi profesor de Educación Física. Creo que
el muchacho aquél, al que me encontré un día en el baño y que me mostró su
pichula, algo tuvo que ver, porque siempre los veía a ambos diciéndose
cosas y mirándome de reojo. Creo que hablaban de mí.

Nunca antes me había fijado en mi profe, en realidad, él era un hombre
atractivo, ahora lo sabía, pero hasta antes de probar el pico de mi padre,
los hombres no eran lo más importante en mi vida. Ahora los veía a todos de
manera distinta, a todos les imaginaba el paquete, soñaba con verlos
desnudos y tocarles la verga, sentirlas crecer en mis manos como había
sentido el palo paterno días antes. Supongo que lo que yo pensaba eran
discretas miradas, no eran tan discretas; más de una vez me encontré con
que un hombre al verse observado en su entrepierna se miró como esperando
encontrarse con el cierre abierto.

El profesor tomó por costumbre acercarse más a mí, darme mayor atención,
acariciarme levemente la nuca al pasar mientras en su mirada advertía
guiños de complicidad que me confundían. No sabía a qué se debían, pero me
gustaba esa suerte de rito secreto que practicaba conmigo.

Comencé a observarlo con mayor interés. Usaba siempre pantalones de buzo,
polera blanca y chaqueta. Ocasionalmente aparecía sin el pantalón del buzo
sino que con un short que dejaba a la vista lo peludo y fuerte de sus
piernas. Eran gruesas y se notaban acostumbradas al ejercicio. El short a
veces era muy corto y otras muy holgado. Esto último lo sé, porque una vez
en que yo hacía sentadillas de espaldas en una colchoneta, se acercó a mí y
se paró de piernas abiertas a un costado y pude ver su protector o lo que
fuera que enfundaba su verga. Se notaba un bulto rotundo y
contundente. Creo que eran más las bolas que el pene lo que abultaba, pero
como fuera bastó para que me pusiera rojo de vergüenza, aún así deseé que
nunca se fuera de ahí. Estuvo apenas un minuto, pero después de un largo
rato volvió a pararse a mi costado. Esa vez casi me atraganto con mi propia
saliva de la impresión. Llevaba su verga suelta dentro del short y la veía
toda, completa a un costado: gruesa, con la cabeza a medias descubierta,
morena, levantándose sobre un par de cocos sumamente peludos y redondos
como naranjas. Cuando pude mirarlo a la cara se sonreía como con sorna,
pero... ¡Por dios, qué atractivo se me hacía!, parecía una estatua, un
animal, no sé, el sudor me corría por la frente y la cara.

Mientras tanto, mi padre no perdía oportunidad de darme agarroncitos en la
cola y cada vez que estábamos solitos, ya fuera viendo tele o en algún
momento en la cocina, me susurraba al oído que me quería meter el pico, me
daba besitos en la carita y llevaba mi manito hacia su verga a media asta
dentro de su pantalón. –Siéntala –me decía. Pronto será suya otra
vez. Y cada vez que me hacía eso, un estremecimiento me recorría completito
desde el potito hacia arriba atravesándome entero.

Tanto las caricias y susurros de mi padre, como el exhibicionismo y
actitudes del profesor me tenían la mente ocupada día y noche pensando en
cochinadas. Hasta ahora sólo se la había chupado a mi padre y sólo él me
había culeado, ¡pero cuán rico había sido!. Deseaba con todo mi ser que ese
gustito se repitiera, con mi papá o con cualquier hombre que quisiera
hacerlo. A veces soñaba que ambos me hacían tiritar de gusto a la vez, los
imaginaba entrando a mi cama en la noche juntos y desnudos. Uno me besaba
en los labios con su lengua explorando en mi boca, mientras el otro se
acercaba por detrás convirtiéndome en la mortadela del sandwich. No dejaba
de tocarme la verguita aunque aún no salía nada de allí y, a decir verdad,
tampoco sabía yo que tuviera que salir algo, me tocaba porque era
placentero no más. Además, era una manera de aliviar el dolor que sentía de
tan dura que se me ponía la verguita.

No sé si ocurrió de tanto desearlo, pero ocurrió casi al mismo tiempo. Los
tuve a ambos el mismo día, aunque no juntos. Fue así: Una mañana mi mamá
salió a su trabajo sola porque mi papá por alguna razón se quedaría en
casa. Supuestamente él me llevaría a la escuela, pero en vez de eso,
inmediatamente después de que mi madre se marchara, se levantó de la mesa,
aseguró la puerta de la reja y la de calle, tomó mi mano y me llevó a su
dormitorio. No se preocupó de cerrar la puerta, se sentó en la cama y me
abrazó y comenzó a darme besos en la boca, en el cuello, en la frente,
mientras me sacaba rápidamente el uniforme. Pronto quedamos ambos
desnudos. Él, completamente, yo con calcetines. Tenía su verga muy parada y
mojadita en la punta. Se abrió lentamente de piernas y sin esperar a que me
lo pidiera, yo me agaché entre ellas y tomé la pichula entre mis manos y me
la llevé a la boca. ¡Qué delicia!, llevaba tantos días deseándola, ya temía
haber olvidado su sabor, su dureza y su calor, pero no, allí estaba tal
cual la conservaba en mi mente desde aquel maravilloso primer y único día
hasta ahora.

Mi papá se quejaba por lo bajo con los ojos cerrados, yo desesperado se la
chupaba emitiendo ruidos con mis sorbetones. Quemaba en mis manos,
palpitaba al ritmo de su corazón... o del mío, no sé. El sabor saladito de
sus líquidos se esparcían por mi boca y por mi mente como el más sabroso de
los bocados. Quería más, no sabía qué, pero quería todo sin saber bien qué
era ese "todo".

–Lo hace tan bien, m'ijito, me susurraba papá, y yo, orgulloso, le daba
un sorbetón más a la cabecita grande y esponjosa de su fierro de carne.

A ratos me olvidaba que no me cabía toda en la boca y trataba de ir más
allá de lo que podía provocándome arcadas. En esos momentos mi papá me
acariciaba la nuca y gemía:

– Tranquilo, perrito, si es toda suya. Nunca le va a faltar. Y yo moría
de placer sólo con imaginar que la tendría por años y años por venir.

Repentinamente papá la retiró de mi boca con un ruido como de un corcho que
sale de una botella, me dio risa eso, pero después me preocupé de haber
hecho algo malo. Sin embargo, cuando mi padre me tomó en sus brazos y me
depositó suavemente en su cama, supe lo que haría y por un rato me
tranquilicé, pero después sentí temor. La primera vez aunque la había
aguantado bien y la había disfrutado mucho, me había dolido al principio y
no quería sentir dolor, pero al parecer mi padre llevaba días preparado
para esta ocasión, porque abriendo su velador sacó de allí un tubito de
algo que esparció por mi culito. Era como una cremita helada, pero muy
suavecita. Con un dedo primero y dos después, me la fue metiendo toda por
el culo. Me incomodaba algo al comienzo, pero la forma cariñosa en que lo
hacía mi papi, me confortaba, me daba seguridad. A ratos metía y sacaba
rápidamente un dedo por el culito, para luego iniciar un mete y saca suave
y lento, muy rico. Así estuvimos un ratito, hasta que me puso una almohada
bajo el vientre y apuntó con su arma a mi hoyito.

La sentí suave, pero firmemente empujando hacia mi interior. Recordé lo que
me había dicho papá la primera vez: "haga fuerzas como para hacer caquita",
y quise empujar hacia fuera, pero me arrepentí casi en seguida; -"¿y si me
hago caca?", -pensé. Mi padre, como leyendo mis pensamientos, me dijo:

–No se preocupe, empuje no más, si se hace caca no importa.

Y así, un poco avergonzado, hice fuerzas logrando sin más dilación que la
cabeza de la verga entrara sin problemas. Papá se quedó quieto un rato,
como para permitir que me acostumbrara a su grosor. Después, casi
imperceptiblemente comenzó a penetrarme; poco a poco sentía como su pichula
invadía mis entrañas. Era como si la habitación diera vueltas. Sentía como
en algún lugar dentro de mí, esa cosa me punzaba enviando algo parecido a
descargas eléctricas por todo mi cuerpo. Cada vez que la cabeza de la verga
chocaba con algo dentro de mi potito, me estremecía como alcanzado por la
corriente. Ni siquiera podía hablar, sólo unos tartamudeos indescifrables
salían de mi boca. Mientras, el contínuo bombeo de mi papi se hacía más y
más frenético, era un incesante entrar y salir de su verga, cada vez más
rápido. Sus manos me rodeaban completamente y sentía su pecho peludo a mis
espaldas, mi cabeza a la altura de sus hombros. Sus jadeos taladrando mis
oídos. Y así descargó, con furia animal, como queriendo meter los cocos
también en mi potito violado y abierto, dispuesto a muchas batallas más.

Después del maravilloso momento junto a mi papá, rápidamente me llevó al
baño, me lavó bien el potito y me vistió nuevamente. Parece que no estaba
en sus planes que faltara a la escuela, pero eso sí, antes de salir de la
casa, me hizo chuparlo nuevamente, arrodilladito junto a la puerta. No me
dio leche esa vez, pero sí me quedé con el gustito salado de su pichula que
tanto me gustaba.

Cuando me bajé de la camioneta, me dio un beso y me agarró una nalguita a
escondidas. Entonces ví al profesor que llegaba en su auto y se estacionaba
al lado de mi papá.