Date: Sun, 28 Jan 2007 02:15:56 -0700
From: Kevin Daniel Allen <kevindanielallen@gmail.com>
Subject: los-guardianes-de-kovzland-2

LIBRO II: LOS GUARDIANES DE KOVZLAND
ESCRITO POR KELVIN GUARD
TRADUCIDO POR KEVIN DANIEL ALLEN
kevindanielallen@gmail.com

CAPITULO SEGUNDO: LA ISLA DEL CAMBIO

Kelly y yo aun yacíamos desnudos y abrazados uno del otro cuando el resto
de los niños comenzaron a despertar. Siendo algo común para los niños de
nuestra edad, ambos teníamos erecciones: penes chicos, erguidos y pulsando
entre si. Mientras los niños de la habitación próxima se iban a
desayunar, Kelly y yo tuvimos que contener nuestros deseos matutinos.

Esto no evitó que nos besáramos antes levantarnos de la cama e ir al
comedor. Un poco tambaleantes, estirábamos nuestros cuerpos delgados y
desnudos. Aun cuando entramos en el comedor, nuestros penes duros y
erguidos estaban a la vista de todos. Los otros niños rieron entre dientes
a sabiendas, pero con tantos niños impúberes, ver una erección era algo
muy común y no le dieron mucha atención; por tanto, cuando Kelly y yo nos
sentamos a la mesa y comenzamos a comer, nuestras erecciones cesaron y
nuestros penes descansaron sobre nuestros testículos.

—Creo que la única manera de llevar a todos es construyendo balsas
—decía Rick. Él y los demás chicos mayores estaban sentados a la mesa
y habían hecho una reunión de improviso mientras comían huevos y pan.

—Eso no es muy seguro —asintió Calvin—, pero es probablemente la
manera más rápida.

—Necesitaremos balsas muy resistentes para los más chiquitos y para las
reliquias —agregó Jonathan que regularmente se concernía por la
seguridad de los niños menores al igual que por los objetos sagrados del
reino.

—¡Calvin! —exclamó una voz chillona y pueril desde
afuera—. ¡Calvin!

La conversación fue detenida abruptamente y todos volteamos a ver a Perry
corriendo por el jardín hacia la puerta del comedor. Entró como ráfaga
con su tierno pene balanceándose sobre sus testículos; su cara se veía
agitada y asustada.

—¿Qué sucede, pequeño? —preguntó Calvin, poniéndose de pie junto
con los demás.

—Vi un barco —dijo el niño jadeante.

—¿Un que? —preguntó Erin.

—¡Un barco! —repitió el niño enfáticamente—. Viene de la isla.

Esto alarmó y sorprendió a todos que, por un momento, nos quedamos viendo
los unos a los otros. Después de unos instantes, todos caminamos hacia la
puerta al mismo tiempo. Nuestros cuerpos, grandes y pequeños, apretujados,
tratando de ser los primeros en salir. Tan pronto despejamos la salida,
todos corrimos hacia el lago.

No se si se trataba de la magia de Kovzland o algo así, pero estaba
corriendo tan rápido como Calvin y, ambos estábamos tomándoles ventaja a
los demás niños. Parcialmente, dudaba que Perry estuviera diciendo la
verdad; tal vez solo estaba jugándonos una broma, pero cuando me aproxime
a la orilla del mar, pude verlo con mis propios ojos. Un barco. Un gran
barco. Estaba hecho de madera y parecía más una barcaza; era muy grande,
tenía una cabina del tamaño de una casa colocada contra la popa. Las
cubiertas estaban repletas de gente: hombres, mujeres y niños. Viendo
aquello, me sentí un poco asustado y disminuí mi velocidad.

Calvin llegó a la orilla del lago antes que cualquiera de nosotros y,
cuando yo llegué, Brendan y algunos otros niños ya me habían
rebasado. Caminé y me moví lentamente hacia Calvin; mis ojos miraban el
barco que se aproximaba con una nerviosa fascinación. ¿Quiénes eran?
¿Por qué venían de nuestra isla, la que recientemente nos había
regalado Potus?

Un hombre maduro de barba gruesa y prominente estaba haciéndose camino
entre la multitud para llegar a la proa. Su cara se veía afligida y
sería, una mirada parecida a la de los hombres, mujeres y niños que se
apartaron para que pasara. Cuando llegó al frente de la nave, se subió
sobre algo para levantarse y, con sus solemnes ojos miró a Calvin. Su
expresión me era obvia y pude interpretarla fácilmente: haces la paz con
nosotros o te mueres.

—¿Quiénes son, Calvin? —pregunté ansiosamente, tirando de la
camiseta del joven para llamar su atención.

—¡Sh!, Kelvin —dijo. Sus manos me pusieron tras él—. No lo se, pero
esperemos que sean amistosos.

El tono de su voz me decía que hablaba en serio. Brendan y Chris Anderson
se aproximaron y, los tres jóvenes juntos se pusieron en línea, hombros
levantados y caras serias. Pronto se les unieron Terry, Garrik y Paul y el
resto de los chicos mayores, todos alineados; sus fuertes manos colocando a
los niñitos desnudos tras ellos. Nosotros aceptamos sin quejarnos, y,
pronto, el grupo de parvulitos se estaba arrinconando conmigo, asomándose
para ver a los forasteros tras la seguridad de los fuertes cuerpos de los
chicos mayores.

—¡Hemos sido enviados por el Rey Potus! —exclamó el hombre barbudo
cuando el barco estaba lo suficientemente cerca de la orilla—. ¡Se me ha
indicado dirigirme únicamente a los Guardianes! ¡Preséntese ante mí el
Guardián Kelvin!

El sonido de mi nombre, viniendo de los poderosos pulmones de aquel hombre,
hizo que me atemorizara y retrocediera junto con los demás niñitos, pero
mis piernas tomaron mente propia y avancé hacia delante. A pesar de estar
temblando de miedo, un poder mayor había surgido y me estaba guiando hacia
los deberes de adulto que tanto aborrecía. Mi ansiedad disminuyó cuando
sentí las manos protectoras de Calvin sobre mis hombros acercándome a su
cuerpo. Junto con el, los demás Guardianes se aproximaron también.

A pesar de lo asustado que estaba, mi vejiga no se soltó y permanecí
junto con mis compañeros Guardianes mientras el barco se acercaba. A mis
ojos, aquel hombre se veía violento y cruel. Era evidente que había
varios cientos de personas a bordo del barco, varios de ellos eran hombres
fuertes y adultos, quienes podían fácilmente asesinar nuestra nimia
cantidad de cuatro docenas de jóvenes y niños. No obstante, sentí que
mis hombros se levantaban firmemente. De pie ahí, desnudo, con mi pene de
niño ante sus ojos, me coloqué como si estuviera listo para declararles
la guerra.

El barco, o barcaza, tenia el fondo plano y podía acercarse mucho a la
orilla antes te encallar. No tenía velas. En la popa había una gran rueda
propulsora que lo impulsaba, pero no salía humo o vapor que mostrara que
es lo que hacia mover a la rueda. Aparte de que salpicaba agua en cada giro
que daba, no hacia otro ruido y, cuando la rueda dejó de girar, un
silencio comenzó a percibirse. La gente sobre la cubierta se movió
ligeramente hacia delante puesto que el barco había hecho contacto con el
fondo. Después de unos momentos, sentí mis piernas dando unos pasos hacia
delante.

—Yo soy Kelvin Guard, el verdugo de los Ancianos, y Primer Guardián del
Reino de los Niños de Kovz. —Mi voz chillona declaró desinhibida.

—¡Preséntese ante mí!

Tan pronto como yo había dado un paso adelante, el hombre miró sobre cada
hombre a las mujeres y niños y enseguida se mezcló entre la multitud de
gente en la cubierta. Hombres fuertes de barba tomaron su lugar; hombres
obviamente capaces de asesinar a todos nosotros.

—¡Yo soy Caldor, Príncipe soberano del Reino de Potus! —respondió el
hombre al frente—. Bajo las órdenes de Su Majestad, el Rey Potus, se me
ordena ceder nuestra propiedad de la Isla de Zanvera al Guardián de los
Niños de Kovz.

El titulo “Rey Potus” era uno que ni yo, ni mis hermanos habíamos
escuchado antes. Habiendo sido nombrado caballero por varios reinos, “Sir
Potus” era un titulo común además, también había recibido el titulo
de “Lord” en Reino de Martel. ¿Pero un Rey? ¿Había Potus establecido
un reino sin que lo hubiésemos notado? Era probable, pero no iba a
expresarle a Caldor mi sorpresa.

—Bienvenido sea, Su Alteza —dije con una pequeña reverencia imitada
por mis compañeros Guardianes—. El Rey Potus es un primo estimado del
Reino de los Niños de Kovz. Aquellos que lo siguen, son siembre
bienvenidos en Kovzland. Tenéis nuestro permiso para desabordar.

El hombre asintió, pero la mirada solemne de su cara no cambió. Mientras
yo estaba asustado, él y media docena de hombres saltaron por el
terraplén del barco hacia el agua. Cerraron filas estrechamente y
caminaron varios metros hacia donde el agua no profunda, hacia nosotros.

Tragué nerviosamente cuando noté que cada uno de ellos traía una espada
de acero en su cintura. Mientras se aproximaban, extendí mis brazos
ampliamente e hice una reverencia de nuevo, mostrando que ninguno de
nosotros estaba armado. Incluso, la mayoría estábamos desnudos.

El hombre contestó nuestro saludo con una leve inclinación de su cabeza,
tan leve que pudimos haber sido ofendidos. Sin embargo, con nada más que
adolescentes y niñitos, era sabio aceptar lo que sea que ofreciesen.

Caldor no parecía interesado en hablar conmigo y se dirigió a Calvin.

—Se me ha dicho que hay un Rey de Kovzland… —sugirió, obviamente no
queriendo tratar con un niñito desnudo como yo.

—Así es, Su Alteza —respondió Calvin—. Le presento a Su Majestad,
Erin, Rey de los Niños de Kovz.

Erin Rogers dio un paso adelante, tan apuesto como siempre, su cara
orgullosa, su compostura fuerte—. Saludos. —Asintió levemente—. Yo
soy el Rey de los Niños de Kovz.

De alguna manera, su voz aguda de niño soprano, hermosa y melodiosa como a
mí me sonaba, parecía no tener un efecto considerable en el hombre.

Caldor miraba severo a Erin por unos momentos y entonces hizo una
reverencia más prominente que la que me había hecho a mí.

—Su Majestad —dijo el hombre. Su voz traicionaba y hacía obvio el
hecho de que no le gustase tratar con niñitos. Por tanto, ignoró a Erin y
se dirigió directamente a Calvin—. Tengo instrucciones de organizar con
los Guardianes una evacuación de mi gente de la Isla de Zanvera. ¿Quién
hablara por vosotros?

Ambos Erin y yo notábamos nuestras limitaciones en este tema y Calvin
también.

—He sido nombrado negociador por el Consejo de los Guardianes y por Su
Majestad —replicó el joven, a lo cual el resto de nosotros permanecimos
callados—. Estoy preparado para discutir los términos de su retirada de
nuestro territorio.

Calvin dijo tales palabras con firmeza y gran resolución en su joven
cara. Ello fue suficiente, porque Caldor lo miró brevemente y después
miró hacia abajo asintiendo.

—Mi gente permanecerá a bordo mientras completamos las negociaciones
—dijo Caldor—. ¿Tenéis un lugar privado donde discutir los términos?

—Por supuesto —dijo Calvin, inmediatamente dando un paso adelante y
ofreciendo su mano al hombre mayor. El hombre tomó su mano y saludó; era
claro que esta situación iba a estar difusa—. Puede traer a sus hombres
si así lo desea —agregó Calvin aun tomado de la mano del hombre y
guiándolo al palacio, lejos de los desnudos niños de Kovzland.

—Estoy seguro que ello no será necesario —dijo el hombre. Sonaba
resignado, pero aun con esperanzas—. Estoy seguro que podremos llegar a
un acuerdo que favorezca nuestros intereses comunes.

Mientras Calvin y Caldor se retiraban, yo y el resto de los niños nos
encontramos mirando la firme resolución y el duro acero de los hombres de
Caldor. Traté de sonreírles, pero ellos solo me miraron
inafectados. Después de unos minutos, todos nosotros nos alejamos del
barco.

—¿Qué hacen? —preguntó el Guardián Terry.

Yo también lo ignoraba.

—Potus nunca mencionó que un reino habitaba actualmente en la Isla de
Zanvera —dije.

—¿Queréis decir que no lo sabíais? —preguntó Brendan
sorprendido—. ¿Cómo creéis que se hizo tan rico?

¿Eh? —pregunté.

No solo había una confusión entre mis memorias maduras y mi inmaduro
cuerpo. Para mi conocimiento, interno y externo, Potus nunca había tenido
un reino y nadie más que él había puesto pie en la isla en más de mil
años.

—¡Oh!, chicos. —Brendan sonrió, peinando su cabello lejos de sus
ojos—. Pensé que vosotros lo sabíais todo. Potus ha sido el rey de esa
isla por siglos. Se volvió rico vendiendo las plantas que crecen ahí.

Miré a Terry que parecía tan confundido como yo.

—No se cuanta gente vive ahí, pero han vivido ahí por siglos. Pensé
que vosotros ya lo sabíais —agregó Brendan.

—Pero dijo que no estaba sacrificando cosa alguna en darnos la isla
—replicó Garrik.

Brendan sonrió. Había una feliz y contenta expresión en su cara,
fascinado de saber algo que los Guardianes no sabíamos.

—Apuesto que no es un sacrificio —dijo Brendan—. Potus puede tener un
reino dondequiera que desee, solo que él lo estableció en la Isla de
Zanvera.

Sentí cierto orgullo acerca de todo ello. Con la fuente de poder más
grande en el mundo, Potus había construido su propio reino sin que
nosotros lo notáramos. ¿Cómo lo había hecho? El único camino hacia el
valle era por el Oeste y conducía directamente al corazón de la ciudad de
Kovz. ¿Cómo pudo haber transportado las hierbas raras de la Isla de
Zanvera sin que nosotros lo viéramos?

Sonriendo contento y orgulloso, me dirigí de nuevo a la playa, un poco
avergonzado por mi desnudez puesto que los extraños en la cubierta me
estaban mirando.

Obviamente tenía otra ruta fuera de Zanvera. Sin duda existía otro camino
por el este que ninguno de nosotros conocía o, tal vez había construido
una serie de túneles a través de las montañas. Por siglos, Potus y su
reino habían estado exportando la gran variedad de hierbas y plantas de
Zanvera; que valiosas deben haber sido.

Había hierbas curativas primordialmente: curaban heridas y contusiones en
segundos. Las más poderosas podían lograr la recuperación de una
extremidad del cuerpo amputada. Otras influenciaban la mente en maneras
extrañas y únicas y otras actuaban como verdaderos afrodisíacos sobre el
cuerpo humano. ¿Eran valiosas? ¡Por supuesto! Te apuesto que valían una
fortuna.

Las plantas de la Isla de Zanvera no crecían en otra parte del Valle de
Zanvera. Habíamos estado cultivándolas por siglos y formaban parte de
nuestro limitado acervo de magia, pero las nuestras no eran tan potentes
como las de la isla. Nada podía comparase con ellas. Necesitaban de un
medio especifico para desarrollarse; había tanta energía natural que no
podían ser plantadas muy lejos de su habitad natural sin, enseguida,
perder su efectividad.



En la playa, mis pies descalzos se enterraban en la arena. Encontré una
suave y plana piedra que aventé sobre la superficie del gran lago. Noté
que aun seguía siendo observado desde la cubierta del barco. Ahí, a lo
largo de los barandales, había docenas de personas de Potus. Eran personas
atractivas, de cabello claro, pero piel oscura. Como era de esperar, estaba
más interesado por los niños que estaban mirándome con una extraña
fascinación y probablemente cierta envidia puesto que ellos estaban
encerrados en el barco mientras yo estaba libre en la playa.

Todos estaban vestidos propiamente, muy cubiertos considerando el calor del
día. Los hombres y las mujeres estaban vestidos completamente. Los niños
y las niñas usaban pantalones cortos y faldas respectivamente, pero nada
que pudiera parecer deliberadamente seductivo. Ver a un niño desnudo,
caminando libremente e inocentemente por la playa, debió haber sido algo
extraño para ellos. Sin nada de que avergonzarme, deje que me miraran,
sintiéndome aun mas contento cuando se me irguió el pene y se alzó con
toda su inocencia sin rastro de inhibición. Yo era un niño y los niños
tienen erecciones. ¿Por qué debía entonces alguien escandalizarse por
tal reacción natural?

Por sus caras, pude notar que ellos pensaban que yo era un salvaje
incivilizado. No me importó. Si yo era un salvaje, era uno bien portado y
feliz.

Calvin y Caldor negociaron por más de dos horas; durante ello, los
niñitos y yo jugamos en la playa bajo las miradas reprobantes de los
adultos en el barco; los niños a bordo solo parecían curiosos.

Cuando los dos hombres finalmente regresaron, noté que aun existía cierta
distancia entre ellos. Caldor hablaba sin cesar y Calvin lo miraba con
intenso interés, asintiendo frecuentemente. Cuando llegaron con nosotros,
Caldor siguió hacia su barco mientras el resto de nosotros nos reunimos
alrededor de Calvin.

—¿Y en que habéis quedado? —Terry les preguntó directamente.

—Quieren la Ciudad de Kovz —dijo Calvin, mirando alrededor a todos
nosotros; no obstante, muchos de los niñitos más pequeños no entendían
lo que estaba diciendo.

—¿Les entregarás la ciudad? —preguntó Garrik seriamente.

Calvin sacudió la cabeza.

—Ello depende de la aprobación de todos nosotros. Ellos quieren regir
sobre todo el Valle de Zanvera —continuó—, la antigua ciudad, los
campos, todo. A cambio, ellos prometen darnos todo lo que necesitamos:
comida, ropa, minerales, el barco, todo lo que queramos. Lo único que no
se nos permite es hacer comercio con otros.

Terry asintió.

—Eso suena justo. Me sorprende, ya que, no parecía que le agradáramos
—dijo Terry.

—¡Oh!, en realidad no les agradamos. —Calvin rió—. Ellos son
estrictamente heterosexuales y no aprueban para nada el sexo entre niños.

—¿Y entonces? —dije.

—No importa —continuó Calvin—. Potus les ordenó que abandonen la
isla y ellos saben que tienen que hacerlo. Están tratando de arreglar el
mejor trato que se pueda, pero en realidad no tienen otra opción. Tuve,
sin embargo, que prometerles que no trataríamos de seducir a alguno de sus
niños. Mejor dicho, no fue una promesa, pero él me lo pidió
respetuosamente, así que, acepté.

—¿Y si acaso algunos de sus niños quieren unírsenos algún día?
—preguntó Terry—. No podemos rechazar a un niño y, estoy seguro que
hay niños homosexuales en su comunidad. No pueden evitarlo.

—Le mencioné eso y acordamos discutirlo después cuando fuera más
conveniente. Pero, por ahora, la isla es nuestra —dijo Calvin.

—¿Ya podemos ir? —preguntó el Rey Erin, tan ansioso como yo de ver
nuestro nuevo hogar.

—Muy pronto —respondió Calvin, mirando sobre nuestras cabezas para ver
a la gente de Potus comenzando a descargar—. Ellos tienen otros cinco
barcos llenos de gente que necesitan llegar a playa. No quieren que alguno
de nosotros llegue a la isla hasta que todos sus niños estén aquí.

—Vaya, en realidad no confían en nosotros —Terry sonrió.

—No, y quieren a todos vestidos sin excepción. Dijo que los Guardianes y
la Familia Real podíamos ir ahora a inspeccionar el lugar, solo si
prometíamos usar ropas y no hablar con ninguno de sus niños.

—¿O sea que ya podemos ir? —Kelly se rió emocionadamente.

—Sí —dijo Calvin, acariciando el cabello del niñito.

Le tomó casi media ahora a toda la gente de Caldor para descender a la
playa. Entre tanto, pantalones cortos y camisetas nos fueron dados a mí y
a los otros parvulitos. No había usado una pieza de ropa por meses y en
realidad no quería usarla, pero noté que lindos se veían los otros
niñitos con sus cuerpos parcialmente cubiertos.

Caldor permaneció atrás mientras nosotros abordábamos el barco. Ya
estaba vacío, excepto por el Capitán y, el tamaño de la nave era
impresionante. Caldor había traído más de mil personas de la isla: sin
ellos, la cubierta se veía mucho más amplia y grande ante nosotros.

El Capitán era sorprendentemente amistoso en comparación con Caldor y los
otros. Nos invitó a la cabina de control donde sentimos como el barco se
movía hacia delante. Usaba, como yo sospechaba, un convertidor de energía
ambiental, algo que era muy posible por la cercanía con la Isla de Zanvera
donde había mucha energía para ser convertida. Aparte del sonido del agua
siendo desplazada por la rueda trasera, todo era silencioso. Desde el
cuarto de control, el Capitán giraba timón del barco y controlaba la
velocidad. Acostumbrado a tratar con niños curiosos, dejó que tomáramos
turnos en estas importantes tareas.

A pesar de que el barco era veloz, el mar era extenso y nos tomo como una
hora llegar a la isla. Primero, solo se veía como una pequeña chispa a lo
lejos desde las aguas. Sin embargo, pronto un color verde comenzó a
levantarse a lo lejos desde el horizonte.

—Ahí esta —

dijo el Capitán, cargando a Kelly para que pudiera ver por la ventana.

—¿Qué esa cosa plateada? —preguntó el niño antes que yo.

—Aquello es el la aguja del Templo, supongo —dijo el hombre.

—Se me olvidó deciros. —Calvin sonrió mostrando que no lo había
omitido a propósito—. Al parecer la gente de Potus ha estado haciendo
algunas remodelaciones para nosotros.

—¿Remodelaciones? —preguntó Kelly; aquella palabra le sonaba
desconocida a su linda carita.

—Así es —dijo el Capitán sonriendo—. El Rey Potus puso a trabajar a
muchos obreros desde siglos atrás. No sabíamos para que construíamos
tantos edificios, pero al parecer, él si lo sabía.

—¿A que se refiere? —preguntó Terry; su joven carita parecía llena
de dudas.

—Si lo que Caldor me dijo es verdad —respondió Calvin—, Potus debió
haber sabido que algún día necesitaríamos la isla desde hace mucho
tiempo. Parece que han estado construyendo un reino solo para nosotros.

—Así es. Lord Caldor nunca miente —dijo el Capitán, sonando un poco
molesto por que Calvin estaba sugiriendo que el hombre no era de
palabra—. Ocho generaciones de nuestra gente han trabajado arduamente
para construir vuestro reino. No tengo la certeza que será de su completa
aprobación. Su Majestad nos solo nos dijo que construyéramos. No dijo el
porqué y por tanto estábamos preocupados por su cordura por muchos
siglos.

—¿Por qué? —pregunté, pues no comprendía por que alguien
cuestionaba la cordura de mi hermano.

—Por las obras de arte… —Calvin sonrió.

—Así es, y si que es extraño ese tipo de arte —agregó el Capitán
enseguida—. Vosotros sois niños muy extraños como para desear tener tal
hogar y estar viendo cosas como esas.

—Hay mucho espacio para nosotros —repuso Calvin para evitar que el
hombre continuara.

—¿Qué tanto espacio? —preguntó Erin.

—Espacio para albergar mil veces más de lo que tenéis ahora
—respondió el Capitán, girando el timón y asegurándose que el
Príncipe Tod no fuera a virar el barco en círculos—. Pensamos que era
extraño que no dejara que nuestra población creciera a más de cinco mil
personas. Aparentemente, el sabía que vosotros lo necesitaríais algún
día.

La isla parecía agrandarse a nuestros ojos; fácilmente se apreciaba lo
grande que era. De norte a sur, media, al menos, veinte leguas de longitud,
tan grande que no querrías caminar a lo largo de ella en un solo día. Se
elevaba de la playa a, tal vez, cuatrocientos metros de altura. Hasta
arriba, observábamos la aguja plateada del Templo que se desvanecía entre
los árboles. Aun desde esta distancia, la isla lucia exuberante y cubierta
de vegetación.

—Regirás sobre un reino majestuoso cuando crezcas, jovencito. —El
Capital le sonrió a Erin, aparentemente sin estar consciente de que
nuestro joven rey probablemente nunca crecería—. El palacio será tu
favorito. Me es difícil creer: ¿cómo puede Nuestra Majestad regalar tan
majestuoso palacio? Nunca lo entenderé, aunque nunca vivió ahí mucho
tiempo tampoco.

—Se sabe que Potus viaja mucho. —Rick sonrió.

—Así es. Casi nunca se quedaba en un solo lugar —afirmó el
Capitán—. Lord Caldor es quien administra nuestro reino. Su Majestad,
bendito sea, es un alma valiosa y no podríamos sobrevivir sin él, pero
Caldor es el que hace que todo funcione.

Cuando la orilla de nuestro nuevo hogar finalmente estaba a la vista, el
Capitán y el resto de nosotros nos quedamos en silencio, viendo con
emoción y maravillándonos mientras el barco era acomodado. De este lado
del lago había un muelle tan grande como para atracar el gran barco en el
que nos encontrábamos. Con una sonrisa de satisfacción, el Capitán
eficientemente condujo el navío hacia el muelle.

También había muchos otros edificios, austeros y sin adornos excepto por
unas ventanas. Se veía que eran unas bodegas. Arriba de ellas, sobre un
cerro, había un pintoresco pueblo con casitas y tiendas. Las casas tenían
jardines con césped y grandes patios; lugares acogedores que yo ya estaba
ansioso de tener como hogar. Las tiendas estaban básicamente sin adornos,
sin grandes anuncios o pinturas llamativas ni nada. En lugar de ello, solo
había grandes ventanas y caminos de madera al frente. Un camino empedrado
se abría entre ellas, conduciendo a las casas y al bosque.

La gente se trasladaba por los caminos y calles; se veía muy atareada y
diligente. Me enteré que había cientos de personas que traían sus
pertenencias a la playa. Los hombres cargaban las cargas más pesadas
mientras las mujeres y niños empacaban las más pequeñas ayudando a los
más viejos. Sentí una profunda tristeza al saber que esa gente estaba
abandonando el hogar que claramente amaban.

—¿Por qué no os quedáis? —pregunté.

—Ya nos llegó la hora —respondió el Capitán con un tono de nostalgia
en su cara barbuda—. ¡Que vida ya habíamos construido aquí
juntos. Tantas vidas…

Me sentí triste por él, viendo su cara resignada. En sus ojos había
lágrimas y sentí un fuerte deseo de abrazarlo y hacerlo sentir mejor,
pero no lo hice. Si en realidad habían estado viviendo por siglos aquí,
como Brendan había dicho, entonces, los estábamos forzando a abandonar el
único hogar que habían conocido. Generaciones enteras habían nacido,
crecido y muerto en estas tierras que ahora nosotros proclamábamos como
nuestras. No era justo.

—¡Bah!, que importa. —El Capitán dijo con sus ojos
llorosos—. Habrá un nuevo reino ahora. Potus nos lo ha prometido. Y mas
niños, y un reino mas grande también. Si vuestro reino realmente nos
ayuda a acabar con los Ancianos, todo habrá valido la pena.

Nos estábamos acercando más a la orilla cuando vimos una docena de
hombres en el muelle, listos para ayudarnos a desabordar. Las palabras del
Capitán llamaron mi atención. Miré a Calvin y el también me estaba
mirando. Sabía lo que el Capitán se estaba refiriendo.

—¿Ayudar a acabar con los Ancianos? —pregunté—. ¿Son ellos
vuestros enemigos también?

—Así es. —El Capitán dijo enfáticamente y pude ver una mirada de
odio en sus ojos—. Ellos fueron los que destruyeron el antiguo reino de
Potus, lo que ahora es el tiradero de Southron. No descansaremos hasta que
los Ancianos sean destruidos.

—¿Cómo se supone que os ayudaremos? —pregunté, contento de saber que
teníamos amigos en este mundo, aunque solo fuera porque compartíamos un
enemigo en común.

—Eso no lo se, jovencito —El Capitán me sonrió—, pero si Potus
confía en vosotros, así será.

Esto era intrigante. Potus ya tenía algún plan o una visión en mente
cuando nos donó la Isla de Zanvera. Cualquier hombre que podía prever la
destrucción de la Ciudad de Kovz y la necesidad de un hogar más seguro,
seguramente tenia una mayor sabiduría que la que yo tenía en ese
momento. No obstante, yo solo era un niño, y niño siempre sería. En
cambio, Potus había adquirido mucha experiencia y habilidad para regir
sobre un reino.

Hubo instrucciones dadas desde el muelle mientras la ruda propulsora se
detuvo junto con el barco. No entendía que es lo que estaban diciendo,
pero miraba fascinado como los hombres tomaban sus posiciones, obviamente
sabiendo como atracar la monstruosa nave. Más allá de esos hombres,
algunas familias valientes se acercaban para ver a los recién llegados. La
mayoría estaban ocupados con sus actividades y preparativos.

Justo cuando creía que íbamos a impactar con el muelle, el Capitán giro
el gran timón y el barco viró. Nuestra velocidad disminuyó
dramáticamente pero la inercia hizo que continuáramos moviéndonos hacia
el muelle. En perfecta sincronización, la maniobra del Capitán hizo que
el barco golpeara muy levemente el muelle y, antes de que pudiera alejar,
la docena de hombres rápidamente tiraron de las amarras y las ataron al
muelle. Eran maniobras perfectas sobre un barco.

Mientras el Capitán nos conducía fuera de la cabina de controles hacia la
cubierta, los hombres colocaron una rampa para que pudiéramos desabordar.

—Capitán —dijo Calvin, volteando a vernos—, es Ud. verdaderamente un
marinero experto. A nombre de Su Majestad y todos los Niños de Kovz, le
digo que esperamos ansiosamente su frecuente presencia en nuestra isla.

—Se lo agradezco —dijo el Capitán con una atenta reverencia—. Espero
que disfrutéis vuestro nuevo hogar, Sir Calvin. Nuestra gente ha trabajado
arduamente y esforzado bastante para ofreceros un buen lugar a vosotros.

—Vuestra gente será por siempre estimada en la Isla de Zanvera
—respondió el Rey Erin, dando un paso adelante y haciendo una reverencia
junto con Calvin—. Que nuestra amistad sea eterna.

El Capitán sonrió viendo la formalidad del joven niño, pero asintió e
hizo otra reverencia.

Esperaba que fuésemos recibidos por un guía o alguien. Todo lo que supe
es que después de bajarnos del barco, nos encontrábamos frente a una
multitud de gente ocupada y curiosa, pero ninguno de ellos se acercó a
saludarnos.

—Vamos —dijo Calvin, poniendo sus brazos alrededor de mis hombros y los
de Erin, conduciéndonos fuera del barco.

Todos observábamos curiosamente a nuestro alrededor. Permanecimos callados
mientras Calvin nos conducía por el camino empedrado. La gente mostraba
diferentes actitudes mientras pasábamos. Las mujeres nos miraban
sospechosamente, rápidamente haciendo callar a sus hijos y
ocultándolos. Los hombres que no reaccionaron de la misma manera, nos
hicieron una pequeña reverencia. Todos, sin excepción, nos miraban.

Con Calvin sujetándonos a Erin y a mí, y con los demás niños
siguiéndonos atrás, continuamos por el camino hacia el centro de la
ciudad. Yo contemplaba maravillado los majestuosos edificios, la dulce y
gentil calma del lugar. Traté de no mirar a la gente, deseando que
pudiésemos ser amigos, pero sabiendo que eran muy diferentes como para
tener una esperanza. Sintiéndome un poco triste por ello, seguí al resto
del grupo hasta que llegamos a una acogedora villa.

Aproximadamente a treinta metros de la última casa, Calvin se paró y
esperó a los demás. Solo había diez de nosotros, pero Kelly se estaba
retrasando en la colina y el Príncipe Ben estaba cortésmente
esperándolo. Cuando todos estábamos juntos, Calvin miró a las caras
contentas con un sentimiento de alegría.

—Muy bien, chicos —dijo Calvin—, si todo es como Caldor lo
describió, están apunto de ver el lugar más maravilloso del mundo.

—¿Por qué no se puede quedar esa gente? —Kelly preguntó, su linda
carita llena de tristeza igual que yo.

—No les gustaría quedarse, nene. —Calvin suspiró—. Además, ellos
tendrán una vida maravillosa a donde van a ir y, nosotros les vamos a
ayudar. No te preocupes, Kelly, serán felices.

Kelly no se veía muy convencido y yo tampoco, pero, ¿qué podíamos
hacer?, ¿rechazar esta isla paradisíaca?

—¿Estáis todos listos? —Calvin sonrió.

Había una puerta de hierro forjado y una cerca de lo largo de cien metros
en todo el camino. La puerta no estaba cerrada con candado, así que Calvin
la abrió y todos entramos hacia una exuberante área boscosa y oscura
donde las copas de los árboles cubrían la mayoría de la luz del sol y
solo dejaban pasar algunos rayos entre las verdes hojas. Más allá de la
entrada, el camino continuaba inclinándose gradualmente.

Pareció una eternidad hasta que todo el paisaje cambió y entonces una
hermosa vista nos sorprendió. El bosque terminaba abruptamente en una
grande extensión de verdes praderas que parecían prolongarse por
kilómetros. Parecía un campo de tréboles con gran variedad de plantas,
meneándose suavemente al paso de una suave brisa bajo el brillante sol. El
camino conducía hacia otro bosque; no obstante, ya podíamos ver la gran
aguja del Templo a lo lejos, en lo alto de la colina. Vimos también varios
edificios chicos entre los campos y el bosque, en ambas direcciones; sin
darles mucha importancia, proseguimos por la pradera.

Íbamos maravillándoos por la hermosa vista, comentando y haciéndonos
preguntas. Calvin pudo responder algunas, pero incluso él tuvo que admitir
que no sabía algunas cosas. El próximo bosque terminaba en otra pradera
de un pasto verde brillante, el camino era cruzado por otro que se
bifurcaba en dos más hacia la derecha y la izquierda. Un letrero con
flechas indicaba que el muelle estaba atrás de nosotros, el palacio hacia
delante y “Roja” y “Blanca” en ambas direcciones. La vista de estas
palabras nos indicó que los colores de la antigua Ciudad de Kovz habían
sido preservados y que había casas en ambas direcciones; sin embargo,
todos estuvimos de acuerdo de continuar hacia el palacio.

Pasamos otro bosque y otra extensa pradera antes de notar que ya casi
estábamos en la parte más alta de la isla. La emoción se incrementaba y
no parábamos de hablar y solos nos callábamos cuando veíamos algo
nuevo. Más adelante, este último bosque terminaba en una parte clara
donde sabíamos que nuestra travesía había terminado. Para mí, había
sido un viaje que había comenzado en Villa Tarsec muchos meses
atrás. Para otros, había sido un viaje de más de cinco años, desde que
los Ancianos habían destruido la antigua Ciudad de Kovz. El escenario que
nos recibió mientras escalábamos la cima, hacia que todo hubiese valido
la pena.

Los relieves de la isla formaban una cuenca que comprendía el corazón de
lo que se convertiría en el Imperio de Kovzland. A pesar de que ya
habíamos escalado más de doscientos metros, el precipicio ante nosotros
caía otros doscientos metros antes de llegar en una vasta llanura. Desde
donde estábamos hasta el final de valle, había al menos medio kilómetro
cuadrado extendiéndose de Este a Oeste.

Todo hacia el Este del valle, se encontraba el Templo que, aunque ya
habíamos visto desde lo lejos, se veía más impresionante desde
cerca. Tenía un acabado en plata que no ocultaba su esplendor. La aguja se
levantaba doscientos metros en el aire desde la llanura de la cuenca sobre
un pedestal en forma de octágono colocado concéntricamente. Ante el
pedestal, blancas escalinatas de mármol conducían a dos puertas que
debieron haber sido enormes, pero parecían pequeñas considerando la
enorme distancia a la que estábamos.

Hacia el otro extremo, al Oeste de valle, se encontraba el palacio. Era de
color blanco y dorado, reluciente por la luz del sol. Se veía enorme,
incluso desde donde estábamos. Los ventanales, que variaban en altura y
tamaño alrededor de la fachada, indicaban la altura de cinco pisos del
Templo que era más de cien metros de longitud de lado a lado. Juzgando por
su colocación en el valle, era al menos cincuenta metros de ancho. Enorme
para cualquier estándar.

Entre estos dos majestuosos edificios se encontraba un pulcro jardín con
flores, arbustos, fuentes y estatuas que complementaban el espacio del
valle. Parte de este jardín estaba abierto e inundado de un mar de
colores: cientos de flores, todas colocadas ingeniosamente sobre jardineras
con caminos empedrados que conducían a ellas. Otras partes de perdían
entre complicados laberintos de arbustos y árboles pequeños; algunos
estaban cargados de flores. Dispersas por el terreno, había estatuas de
marfil y de piedra, cientos de ellas. Desde donde estábamos, se podía
apreciar una gran gama de colores y figuras. Un conjunto tan grande y
detallado que tomaría meses para apreciar completamente.

El camino en el que estábamos se inclinaba en una pendiente a lo largo del
valle y conducía directamente a un pequeño cerro donde se encontraba una
fuente muy elegante. Las terrazas la rodeaban como una pirámide escalonada
y el agua fluía alrededor en pequeños chorros cristalinos y brillantes;
una estructura que debió haber tomado años en ser construida. Sobre las
terrazas, había más flores y más estatuas, espacios abiertos y
escalinatas, piscinas y estanques con chorros de agua. Estaba tan admirado
por tanta belleza que solo me quede contemplando el lugar con la boca
abierta.

—Esto debió haber costado una fortuna —dijo Terry suspirando en
silencio.

—Y una gran fortuna —agregó Rick.

Estábamos tan admirados como para creer que ahí seria el nuevo hogar de
los Niños de Kovz. Estábamos pasmados y sin palabras para describir
nuestra emoción. El Rey Erin, amo de toda esta propiedad estaba sin
palabras también.

Con nuestros corazones latiendo rápidamente y nuestras mentes llenas de
asombro (parecido al del primer orgasmo de un niño), corrimos por el
camino de ladrillos dorados hacia la fuente central. Una vez en el valle,
nos encontramos rodeados de dos filas de hermosas estatuas. Estaban
colocadas sobre pedestales de treinta centímetros y cada una era una fiel
representación de un niño. El camino era de aproximadamente seis metros
de ancho y varios cientos de metros hacia la fuente, todo el camino lleno
de majestuosas estatuas. Algunas estaban completamente vestidas, otras
desnudas. La mayoría estaba en ropa interior. Los niños representados en
las estatuas estaban de pie o realizando alguna acción. Algunos estaban
sonrientes con sus miradas hacia los jardines; otros tenían una mirada
solemne y pensativa. Todo ellos parecían estar vivos, excepto por sus
sólidos acabados de piedra.

Cuando llegamos a la fuente, mis sentidos estaban embelesos. Había
demasiada belleza en aquel lugar y era difícil creer que en realidad
íbamos a vivir ahí permanentemente.

Nos quedamos un momento admirando la fuente, asombrados por la belleza y
elegancia. Si yo hubiese tenido recursos y tiempo ilimitados, justo así
hubiese construido Kovzland. Y así lo había hecho Potus.

—Vamos al palacio —dijo Calvin con su grave voz.

Desde la gran extensión de dorados ladrillos que rodeaban la gran fuente,
el camino de seis metros de ancho se extendía desde el Templo hacia el
palacio de Norte a Sur. Viniendo desde el Sur, tomamos el camino del Oeste
hacia el majestuoso edificio que sería el nuevo capitolio de Kovzland.

Con gran imaginación, el lector puede comenzar a imaginarse el palacio,
pero no hay manera de describir la perfecta e inmaculada belleza del
lugar. No puedo describirlo de la misma manera que un salvaje no podría
describir la belleza de Paris, la variedad de Nueva York, o la
majestuosidad de Roma a sus tribus nativas.

Al frente del palacio había un gigantesco atrio con amplias escalinatas
que conducían a una obra de arte arquitectónica. Más allá de las
escalinatas, había una escalera que conducía hacia las puertas. Estas no
tenían candados y Calvin pudo abrirlas fácilmente mostrando un reluciente
pasillo que era tan grande como para albergar a trescientas personas. El
piso era de elegante mármol con áreas cubiertas de preciosos tapetes; las
paredes decoradas con maderas preciosas de caoba, roble y teca.

Como pieza central, el salón tenia una gran piscina cuyo centro tenia una
fuente; alrededor de esta, había una serie de estatuas representando a un
niño de no más de cinco años de edad y, cada una de la estatuas que
seguían mostraban al mismo niño creciendo hasta que llegaba a una estatua
donde parecía tener quince años. Estas estatuas eran diferentes a las de
afuera, ya que aquellas tenían aspecto de piedra, pero estas se veían
como si fueran niños de verdad. Los chorros de la fuente daban la ilusión
de que las estatuas se estaban moviendo como si un grupo de niños
estuviesen duchándose.

A los lados, las puertas daban acceso hacia otras partes del palacio, al
igual que dos escaleras que llevaban a los balcones de la entrada. Sobre
las paredes había pinturas de niños al óleo. Pude reconocer a todos
ellos: los diez niños que habían establecido Kovzland originalmente,
incluyéndome a mi, Calvin y los otros.

Se necesitaría un libro entero para describir al palacio únicamente. Un
conjunto de libros para describir los jardines de Kovzland. Una biblioteca
entera para describir la ciudad completa. Que sea suficiente decir que todo
era majestuoso y lujoso.

El palacio lo tenía todo. Mas allá de la entrada estaba la sala del trono
para reuniones oficiales; una enorme sala de baile par alas fiestas; una,
también, enorme sala de estatuas y espejos llamada “El salón de los
Niños”: una gran habitación llena de las mismas estatuas que habíamos
visto en la entrada (aunque estas representaban comportamientos eróticos);
comedores y cocinas capaces de atender a miles de niños; salones
adicionales para reuniones, escenarios, cuartos de baile y cuartos de
“juegos”: habitaciones con deliberados y evidentes propósitos
sexuales. También había un gimnasio para atletismo, una alberca gigante
con toboganes y, muchas otras habitaciones para entretenimiento. Finalmente
había una serie de suites: pequeños departamentos con salas
independientes, recamaras, cocinetas y baños. Estas suites variaban en
lujo (la más grande fue inmediatamente asignada a Erin) hasta algunas más
modestas donde los huéspedes eventuales podía hospedarse algunos
días. Todas estaban impecablemente amuebladas y decoradas.

Mil niños podían vivir feliz y cómodamente en las habitaciones del
palacio.

—Ya ni nos veremos —dijo Kelly en cierto momento.

En la parte trasera del palacio, en el quinto piso, había un gran
balcón. Cuando llegamos ahí, ya había pasado el medio día y pudimos ver
la embarcación en la que habíamos llegado. Varias horas ya habían
pasado. ¿Acaso el resto de nuestros niños estaba en el barco? ¿En
realidad la isla era nuestra? Ello no importaba. Nuestro asombro estaba
finalmente calmándose y convirtiéndose en gozo y entusiasmo.

Uno de nosotros sugirió que inspeccionáramos las Casas Magnas; una
hazaña que no creíamos lograr en solo día, solo si nos
apresurábamos. Con Calvin actuando tan pueril y entusiasmadamente como
Kelly y yo lo estábamos, bajamos la escalera y corrimos hacia la gran
fuente en el centro del capitolio. Había detalladas señalizaciones en
todas las direcciones, mostrándonos el camino a cada una de las casas:
Blanca, Azul Claro, Azul, Gris, Amarilla, Roja, Verde y
Púrpura. Emocionadamente, todos queríamos ver colores
específicos. Calvin, sin embargo, sugirió que fuéramos a la Roja. La
señalización anterior nos había indicado que la Roja estaba cerca del
muelle y, todos debíamos estar ahí cuando nuestros demás amigos
llegaran, probablemente cerca del anochecer.

Poco a poco íbamos asimilando que este sería nuestro hogar. Ansiosos de
explorar todo, corrimos hacia el camino por el cual habíamos llegado,
jugueteando y riéndonos alegremente por las praderas. Era tan
emocionante. No obstante, mi adrenalina y excitación ya habían disminuido
cuando llegamos a la villa que se convertiría en la Casa Magna Roja. Mis
piernas rubias ya se me empezaban a cansar y me empezaba a sentir fatigado;
sin embargo, todavía tenia energía suficiente para ver la villa, que
literalmente lo era. Roja, que había sido antes una sola mansión de
ochocientos niños, era ahora una serie de varias mansiones y
casas. Además, había áreas de juegos, gimnasios, piscinas y tiendas;
todo lo que una comunidad de niños deseaba. Había, además, fuentes,
parques y jardines, similares a los que estaban cerca del palacio. Lo
único que faltaba eran obras de arte, pero concluimos que Potus las había
omitido a propósito para que nuestros niños las crearan.



Ya comenzaba a anochecer para cuando llegamos al muelle. Todos estábamos
fatigados, incluyéndome a mí y a Kelly. Los niñitos tienen mucha
energía, pero cuando se les acaba, se les acaba completamente. Mientras el
sol se ocultaba detrás de las montañas al Oeste, yo me sentía como un
sonámbulo.



El Capitán y su barco ya habían llegado y estaba abordando la última
carga de pasajeros junto con sus pertenencias, los últimos de los antiguos
habitantes de la que ya era nuestra isla. Kelly y yo nos recostamos por un
momento mientras Calvin fue a hablar con el Capitán.

—Nunca encontraremos a tantos niños como para llenar este lugar
—murmuró mi amiguito.

—Sí los encontraremos; ya lo verás —dije mientras me recostaba sobre
el pasto—, más pronto de los que pensamos.

—No encontraremos a tantos Niños de Kovz —agregó Kelly.

Kelly bostezó, lo que hizo que su carita se viera adorable. Yo bostecé
también, simpatizando con su fatiga.

—Ahora ya podemos tener niños humanos también —dije—. Tenemos mucho
espacio.

Envolvimos nuestros brazos en uno sobre el otro y nos besamos. Lentamente
nos recostamos sobre el pasto. Comencé a pensar en hacerle el amor y al
parecer él pensó lo mismo, pues los dos comenzamos a reírnos entre
dientes y a tocarnos bajo nuestros pantalones cortos y nuestras
camisetas. Sin embargo, antes de que pudiéramos hacer mucho, ambos nos
comenzamos a dormir.

—No van a regresar esta noche —dijo Calvin.

Sabía que no era un sueño, pero estaba muy cansado como para responder.

—¿Crees que los demás van a estar bien? —preguntó Rick.

—Claro que sí —respondió Calvin—. Esto es de verdad, Rick. Es un
mundo nuevo ahora.

Hubo un silencio momentáneo y, ambos Kelly y yo estábamos casi
dormidos. Entre sueños podía sentir mi mano bajo la camiseta de Kelly,
acariciándole la pancita.

—Solo míralos —dijo Rick—. ¿Alguna vez pensaste que tendríamos
todo esto?

—Nop —respondió Calvin con una sonrisa—. Potus tiene un gran plan,
Rick. Creo que estamos presenciando el principio del final de los Ancianos.

—¿Quién diría que sería gracias a Potus? —La voz de Rick preguntó.

—Kelvin —respondió Calvin sencillamente—. Él sabía que este día
se acercaba.

Eso es todo lo que pude escuchar antes de perder conciencia hasta el día
siguiente.



El día anterior realmente nos había agotado más de lo que habíamos
creído, pues el sol ya estaba en lo alto cuando Kelly y yo despertamos. Se
escuchaba el sonido de la rueda propulsora del barco golpeando el agua. Yo
me levanté frotándome el sueño los ojos. Sentí y escuché a Kelly
bostezando mientras se enderezaba junto a mí.

—¿Me chupaste el pito anoche? —Kelly se rió juguetonamente—. Creo
que soñé que me lo chupabas —dijo riéndose más fuerte, su linda cara
sonrojándose mientras se recostaba de nuevo sobre el pasto.

Los otros chicos ya se habían levantado y habían preparado el
desayuno. Kelly y yo éramos lo únicos que seguíamos acostados sobre el
pasto; el resto estaba en el muelle preparando las amarras.

—Ya llegaron los demás niños —dije, poniéndome de pie. Tras de mi,
Kelly estaba sonriendo, pero se volvía a acostar. Nunca fue un madrugador.

Descendí y saludé a mis amigos que habían sido nuestros huéspedes en la
Ciudad de Kovz. Estaban tan emocionados como nosotros lo habíamos estado y
estaban ansiosos de ver su nuevo hogar. Sin embargo, no habían comido y
Rick insistido en que desayunaran antes de continuar. Mientras comíamos,
varios de los chicos mayores, diligentemente, descargaron el barco que
habían empacado la noche anterior. El Guardián mayor tuvo una última
charla con el Capitán antes de soltar las amarras y dejar que el barco
partiera de nuevo. Pronto, el Capitán encendió los motores y la rueda
comenzó a girar; los cincuenta y tres de nosotros fuimos dejados en
nuestro nuevo hogar.

Si el día anterior había estado fatigante, el que siguió fue aun
peor. Emocionados de estar ahí, Kelly y yo jugamos luchitas por todo el
lugar junto con los otros niñitos siguiéndonos emocionadamente. Había
caballos en la isla, muchos caballos con relucientes sillas de oro y caoba
para montarlos. Todos estábamos disfrutando el momento tanto, sin embargo,
nadie quería lidiar con un montón de caballos y ensillarlos.

Generalmente, seguíamos a los chicos mayores mientras se aventuraban más
allá de la Casa Roja, Azul Claro y finalmente Blanca. Cada una de las
casas estaba localizada junto a la playa, así que, llegar de una a otra
tomaba cierto esfuerzo. La Casa Blanca, de hecho, estaba separada por una
cerca de hierro muy parecida a la de la villa cerca del muelle. Pudimos
pasar por ella fácilmente y además era la más cercana al palacio, justo
bajo la colina, pero era había una distancia considerable entre los dos
edificios.

En todo caso, las Casas Magnas que habíamos conocido en el pasado eran
ahora pequeñas villas, cada una autosuficiente para cubrir sus
necesidades. La Blanca era un poco diferente de las demás, porque había
sido diseñada para proteger a los parvulitos más pequeñitos. Las
habitaciones eran más pequeñas y había muchos conejitos y patitos
decorando las paredes. También tenia muchas cosas peculiares en sus
tiendas que se extendían por la calle principal; cosas como pañales y
sonajas.

Kovzland no había tenido bebés por más de mil años y, pocos niños
tenían menos de cinco años, así que, parecía extraño que hubiera ese
tipo de objetos en esas tiendas, pero no le di mucha importancia.

La Casa Blanca también tenia, como las demás, muchas otras tiendas con
todo lo que un niño puede desear. Había tiendas absolutamente necesarias:
caramelos, galletas, tiendas de helados y cosas así. También había otras
menos importantes (para mi): tiendas de ropa —dos o tres de ellas eran
especializadas en ropa de deportes, atuendos formales y ropas de juego—,
zapaterías, jugueterías, etc. Realmente era un lugar con todo lo que los
niños pudiesen necesitar.

En cuanto a la estructura de cada una de las villas, en lugar de tener
muchas casas para familias, estas eran grandes mansiones, cada una
construida para alojar cientos de niños. En cada una de las villas había
una habitación donde los niños creaban sus propias obras de arte.

Fuera de las ocasionales erecciones en algunas estatuas, la mayoría no
eran sexuales en su temática.

Ya estaba empezando a oscurecer cuando finalmente llevamos a todos los
niños hacia el majestuoso logro que Potus no había dado. Como nosotros,
estaban asombrados por el esplendor del palacio, el Templo y los jardines y
eso hizo que nos apuráramos. Esta vez si fuimos al Templo, y todos pudimos
apreciar con que fidelidad Potus había recreado nuestro Templo original de
Ciudad de Kovz, excepto que lo había diseñado más grande y más
lujoso. Jonathan Quade, nuestro nuevo Sumo Sacerdote, había traído todas
las reliquias y talismanes de la antigua ciudad (los únicos objetos
permitidos para transportar a caballo) y, yo miraba con una extraña
fascinación mientras el extendía el grueso, tapiz de seda que había
encontrado en el sótano del antiguo Templo sobre el nuevo altar. Había
algo acerca de este templo que aun no comprendía, pues los otros niños se
tornaron ansiosos de llevarnos a Kelly y a mí al palacio.

Ya habiendo estado en el palacio, no era tan emocionante para mí volver
como era para los niños nuevos. Además, Calvin y Rick estaban charlando
con los chicos mayores, explicándoles como se iban a distribuir las
habitaciones y como todo ello se relacionaba con nuestra antigua vida en la
Ciudad de Kovz.

Comencé a sentirme muy excitado después de haber pasado dos días sin
juegos sexuales. Ya quería que todos nos estableciéramos y volver a las
cosas buenas de la vida… como mi pene.

Tuvimos una cena ligera en uno de los comedores pequeños; aun así, era
extraño ver a cincuenta y tres niños en una habitación hecha para
acomodar a doscientos. Para ese momento, lo único que pasaba por mi mente
era tener sexo con alguno de los niños y Chad se veía asombrosamente
lindo, acariciando su pito de diez años dentro de sus pantalones cortos
como lo estaba haciendo. Desafortunadamente, el lindo nene corrió después
de cenar y no pude alcanzarlo. Sin duda que iba a esconderse a algún lugar
para frotarse el pene. Él era nuestro masturbador compulsivo.

Sintiéndome un poco abandonado, fui a caminar por el edificio y me di
cuenta que Kelly no había estado equivocado: de verdad parecía que ya no
nos veríamos. Había tantas habitaciones y tantas cosas que hacer.

Estaba explorando el primer nivel cuando me topé con el Príncipe Ben en
uno de los cuartos de juego. Estaba recostado en el piso haciendo
lagartijas y no me vio venir. Traía puestos unos pantalones deportivos y
una camiseta sin mangas que dejaba ver sus brazos y espalda. Me quede
observándolo en silencio y dándome cuenta que apuesto se veía. De todos
los Príncipes, él y Tod eran definitivamente los más adorables de los
adorables. Todos eran muy apuestos, por supuesto, pero Ben y Tod eran la
élite.

Ben era un poco mayor que Tod y, según yo tenia entendido, tenía
alrededor de catorce años con un cabello café claro que era grueso pero
sedoso y suave. Su cara era una combinación de inocencia y conocimiento
que es tan única en los púberes, con suave piel y afectuosos ojos
azules. Mirándolo, escuchaba su joven voz de tenor jadeando y contando:
“Dieciocho, diecinueve, veinte”, mientras se ejercitaba.

A través de su camiseta, pude ver sus hombros flexionándose puerilmente
mientras sus brazos subían y bajaban en un rítmico movimiento.

Su trasero se veía muy atractivo bajo sus pantalones cortos; redondo y
pueril. Bajo sus pantalones, sus tersas piernas de un color tan rubio como
el mío o el de Kelly. Sus pies descalzos eran más grandes que el resto de
su cuerpo, como es típico en los niños púberes.

Se detuvo en el numero veinticuatro, parecía exhausto, pero no débil; Ben
no era el más muscular de todos tampoco. Se sentó jadeando y notó mi
presencia.

—No te oí llegar —dijo, sonriendo adorablemente, su voz
entrecortándose como es común en la pubertad.

—No era mi intención estar espiando —dije, sintiéndome avergonzado
frente al jovencito.

—No hay problema. ¿Ya exploraste todo el lugar? —pregunto, poniéndose
de pie.

Mi corazón latió más rápido repentinamente y no pude responder
enseguida mientras su vientre se mostraba bajo su camiseta. Observe la
increíble perfección de su piel, se veía tan suave y pueril alrededor de
su ombligo. Al igual que su espalda y piernas, su vientre era perfectamente
suave y lleno de juventud. Tragué nerviosamente, pero no pude quitar mis
ojos de su piel.

—Algunas partes —respondí.

—¿Pasa algo malo? —preguntó, hacienda que volteara a ver su cara
mientras se acercaba a mi. Su mirada era angelical. Anhelaba derretirme en
sus ojos.

—No es nada —asentí con mi vocecita.

Él era quince centímetros más alto que yo. Lo miré a su cara antes de
mirar hacia otro lado tímidamente. El sonreía al ver mi timidez y
entonces sentí una de sus manos moviendo mi cara hacia arriba hasta que
mis ojos se encontraron con los suyos. Suspiré cuando noté que su cara se
acercaba a la mía y sus labios hicieron contacto con los míos. Sus largos
y delgados brazos envolvieron mis tiernos hombros y el me llevó contra su
pecho, gentilmente metiéndome su lengua en mi boca.

Mi respiración era jadeante por mi naricita mientras sus brazos se
envolvieron alrededor de mi cintura, sus antebrazos rozando a largo de mi
espalda baja. Hubo un sutil aroma a niño en pubertad que venia de sus
axilas y que me hacia sentir intoxicado.

Ben gimió suavemente y nuestros labios partieron, permitiendo que su
lengua explorara la mía, sus manos grandes frotándome la espalda. Mi pene
se puso rígido en mis pantalones mientras sentía las manos del chico
mayor deslizarse por mi columna vertebral, cogiendo mi camiseta y
levantándomela y acariciándome directamente.

Paró de besarme mientras nuestros cuerpos se separaron levemente para que
pudiera quitarme la camiseta.

—Eres un buen niño —dijo suavemente sobre mi cabeza.

Tiro mi camiseta al suelo y, yo caí sobre sus manos que me sujetaron
contra su pecho y sus labios descendieron sobre mí, de nuevo. Podía
sentir mi respiración acelerarse cuando comenzó a besarme por todo mi
pueril pecho, lamiéndome mis tetillas de niño, sus manos grandes hacían
que mi cuerpo luciera indefenso. Sus labios besaron mis hombros y por todo
mi cuello y, pude sentir como sus suaves mejillas se deslizaban contra mi
cara y mi pecho.

Estuve ahí, indefenso ante sus caricias y besos; mi cuerpo colmándose de
impúber placer. Mis manos tomaron su camiseta, tocando su calido y suave
vientre, haciéndome jadear más profundamente. Ben me soltó y dejó que
le quitara la camiseta; después me haló hacia su cuerpo. Gemí cuando
sentí mi pecho hacer contacto con el suyo y sus manos acariciándome las
costillas.

Su pecho era perfecto, con músculos de jovencito. No estaba marcado como
el de algunos chicos, llenos de músculos, pero aun así, se sentía muy
suave contra el mío. Nuestros corazoncitos latían juntos en nuestros
pechos. Sus tetillas eran pequeñitas y se sentían erectas sobre su rosada
piel. Sus labios besaron mi cabeza y miré hacia arriba para sus labios
pudieran encontrarse con los míos de nuevo. Sentí su lengua deslizándose
dentro de mi boca. Kovz, si que sabía como hacer sentir bien a un niño.

Al sentir el tambaleo de mis rodillas, las manos de Ben gentilmente me
guiaron hacia la alfombra, sus labios no se separaban de los míos. Nos
tendimos en el suelo alfombrado y él puso sus brazos a mi alrededor y me
atrajo hacia su pecho. Sentí una de sus manos en mis nalgas, sentí como
colocaba su pene más cerca de mis pantalones cortos, hasta que sentí su
miembro rígido pulsando contra el mío. Nuestras piernas se entrecruzaron,
ambas suaves y sin vellos, y sentí los dedos de sus pies descalzos
frotando contra la planta de mis pies, haciéndome sentir unos placenteros
escalofríos por todo mi cuerpo. Dejo que sus labios se deslizaran sobre
los míos y su otra mano puso mi cabeza sobre su hombro; nuestra
respiración sobre nuestros oídos, mis infantiles gemidos junto a él.

Su hombro se sentía tan suave y terso como su pecho mientras mi barbilla
descansaba sobre este. Infatuado de afecto por él, abracé su cintura,
gimiendo por su ternura y suavidad.

—¡Oh, Kelvin! —Ben gimió, frotando su mejilla contra mi cabello.

Comenzó a moverse contra mí, rítmicamente, presionando su rígido pito
dentro de sus pantalones cortos contra el mío.

Me sentía en completa entrega como para resistirme cuando sentí como me
tendía sobre mi espalda y sentí su cuerpo subiéndose sobre el
mío. Utilizó sus rodillas y codos para soportar algo de su peso mientras
su cadera se movía de arriba abajo sobre mí.

Nuestros vientres, suaves como los de un bebé, frotando el uno contra el
otro, su lengua nuevamente ingresando en mi boca para jugar con la mía. Me
preguntaba si él iba a eyacular su púber esperma dentro de sus
pantalones.

Sus dedos se deslizaron hacia mis axilas y el se incorporó y llevó su
boca más abajo sobre mis costillas, enseguida besando alrededor de mi
ombligo hasta que todo mi cuerpo se estremecía instintivamente. El no
paró cuando llego a mis pantalones cortos, sino que continuó besándome
ahí sobre ellos hasta que sus labios pudieron sentir la rigidez de mi
pequeña erección a través de la tela. Lo apretó con su boca y mi cuerpo
se estremeció cuando sentí sus manos deslizándose hacia mi vientre,
lentamente tomando el elástico de mis pantalones cortos.

Yo gemía en placer cuando el se levantó y forcejeó contra mi peso para
bajarme los pantalones. Se deslizaron sobre mi erección con un poco de
molestia que se sintió exquisita. Miré como aparecía mi glande seguida
de mis siete centímetros de mi blanco pene y finalmente un par de
testículos. Mi pito de niño aun no tenía vello púbico y la piel que lo
rodeaba era tan suave como la mejilla de un bebé. Me meneé un poco
mientras Ben tiraba de mis pantalones tratando de sacarlos de mis grandes
pies. Yo permanecí tendido y desnudo ante el niño mayor. Aunque ya sabía
lo que íbamos a hacer, aun me sentí un poco tímido al estar desnudo ante
el chico más grande.

Ben mi contemplaba mi pito con fascinación, su boca abierta mientras
comenzó a quitarse sus propios pantalones. Hincado, se los bajó,
revelando su pene grande, su cara mostrando su pudor, sonrojada. Su pene
erecto estaba rígido y erguido un poco más de quince centímetros. Era
moderadamente delgado, lo suficiente como para empuñarlo y frotarlo. Sus
testículos colgaban de un pálido escroto que los mantenía cerca de su
cuerpo como medida de protección. Tenía una pequeña circunferencia de
vellos oscuros solo sobre la base de su pito. Lucían muy lindos sobre su
piel perfecta y me gustaba mirarlos. Su pito estaba pulsando visiblemente,
de arriba abajo en ansiosa anticipación.

Jadeando y emitiendo pequeños gemidos, Ben se sentó sobre la alfombra y
prácticamente arrancó sus pantalones de sus piernas, forcejeando para
liberar sus pies. Cuando finalmente estaba libre, vino hacia mí, enseguida
y se colocó sobre mí. Nuestros penes es calida pulsación, el suyo
haciendo que el mío se viera diminuto. Sentí como tomo mis hombros y se
volteo sobre su espalda colocándome sobre él. Yo gemí e instintivamente
comencé a frotar nuestros penes mutuamente.

El latido de nuestros corazones estaba muy acelerado, mientras nuestros
cuerpos parecían fusionarse. Deslicé mis dedos a lo largo de sus
costillas, y los frote sobre sus bíceps y en sus axilas que si tenían
unos cuantos vellos tan suaves que pensaba que solo me los estaba
imaginando.

La manera en que sus manos estaban acariciando mis hombros y la manera en
que sus brazos me apretaban me indicaban que se estaba acercando al
orgasmo, igual que yo. Anhelaba desesperadamente chuparle el pene y
saborear su púber esperma, o sentirlo siendo eyaculado sobre mi pecho,
pero estaba muy excitado como para parar.

Su voz jadeó cuando separó sus labios de mi boca succionadora. Continué
empujando mis nalgas de arriba abajo, intentando encontrar su boca de
nuevo, pero solo yaciendo con mi cabeza sobre su calido hombro y gimiendo
decepcionado.

—No, Kely, aguarda —Ben jadeó—; a casi me va a salir.

No me importaba. Su esperma se sentiría calientito y resbaladizo sobre mi
pene. Era muy excitante.

Como muchos chicos de su edad, sin embargo, a Ben le gustaba echar su
esperma en las bocas de los niñitos. Era como un “derecho de
virilidad” o algo así: la linda cara de un niñito libando el esperma de
sus labios.

Los chicos mayores que tenían mucho esperma, gustaban de eyacularlo sobre
las naricitas de los niñitos o a lo largo de sus suaves pechos. Era una
cuestión de machos en Kovzland y Ben no iba a negarse a ello.

Sentí sus dedos apretando mi pecho y lloré patéticamente tratando de
seguir presionando su pene un poco más. No obstante, Ben era más fuerte
que yo. Levantó mi insistente y desnudo cuerpo y me rodó junto a el. Mire
mi pene. Estaba sonrojado y rígido como una piedra pulsando en necesidad
de más placer. Enseguida, Ben tomo su pito en su mano y acercó su cadera
de manera que estuviera cerca de mi cara. Pude ver la reluciente cabeza de
su pene a pocos centímetros de mi cara, pude ver su uretra dilatada y
abierta, lista para eyacular; su escroto moviéndose de arriba abajo
mientras el se masturbaba. Kovz, que hermoso pene y que lindos vellitos de
adolescente.

Yací desnudo, excitado y, obedientemente, abrí mi boca para recibir su
semen. Mis ojos azules admiraron su pene ansiosamente y se me comenzó a
hacer agua en la boca en anticipación a su semen. Pude ver su vientre
flexionándose mientras frotaba su pito con su puño, cogiéndolo tan
fuertemente que parecía que bloquearía el paso del flujo de su
esperma. Su cara de pasión se torno en una mirada de gozo cuando el hoyito
expulsó el primer chorrito lechoso de semen. Me sentí decepcionado cuando
cayó sobre mi nariz, enseguida sintiéndose caliente y húmeda. En espera
de saborear un poco más, incline mi cabeza para que la próxima expulsión
cayera en mi boca; Ben me ayudó y apuntó su pene hacia abajo. Otro
chorrito salió y esta vez cayó sobre mi barbilla, goteando sobre mi
cuello. Algo de ello alcanzo mis labios y saque mi lengua y lo saboree. Ben
sonrió sintiéndose en control y continúo
masturbándose. Instantáneamente, abrí mi boca tan grande como pude y
saque mi lengua. El pito de Ben lleno mi boca de un calido y espeso sabor a
esperma. Yací ahí con su esperma sobre mi nariz y mi barbilla,
disfrutando el sabor del pene del niño, sin moverme mientras su pito
seguía eyaculando más por cuarta y quinta vez, ambas dentro de mi
boca. El sexto chisguete ya no fue tan poderoso como los primeros y solo
escurrió por sus dedos así que cerré mi boca y saboreé el esperma con
mi lengua. Ben sonrió tiernamente y empujo sus caderas hacia delante,
guiando su pene hacia mis labios y, como pudo, lo introdujo en mi boca.

Miré a su adorable cara mientras tenía su pene y su semen en mi boca. Ya
estaba perdiendo su rígida pulsación pero aun apuntaba hacia mi boca
desde sus escasos vellos púbicos. Contemplándolo en adoración, me
tragué su semen y enfoqué toda mi atención en su pene que se ablandaba
en mi boca. Me encantaba chupar penes. Era como un bebé mamando un
chupete; me encantaba chuparlos todo el tiempo. Cuando el Príncipe Kelly y
yo pernoctábamos juntos, nos dormíamos chapándonos nuestros pueriles
penes mutuamente. Era tan hermoso.

Ben se giro hacia su lado y yo con el para poder seguir chupándoselo. Su
esperma resbalaba por mis mejillas y desde mi nariz, pero no me
molestaba. Me sonreía mirando tomaba más de su blando pene dentro de mi
boca hasta que mis labios sintieron sus escasos vellos púbicos. Él puso
su mano sobre mi cabeza acariciando mi rubio cabello; su cara estaba
sonrojada, relajada y satisfecha.

—Buen niño. —Me sonrió y sentí ganas de que fuera mi novio.

El sabía que me gustaba chupar penes (para ese momento, todos los niños
de la isla lo hacia, experto los parvulitos), así que me dejo que se lo
chupara por un largo tiempo. Me gustaba tanto que por un momento olvide mi
intensa erección entre mis piernas. No me preocupé mucho; sabía que Ben
pronto me hacia sentir muy rico. La larga duración de mi erección hacia
que me comenzara a molestar un poquito.

Las manos crecidas de Ben frotaron tiernamente mis hombros y lentamente se
deslizaron bajo mis axilas.

—Muy bien, niñito —dijo. A los Niños de Kovz les gustaba usar mucho
el diminutivo “niñito” o “pequeño”—, ahora es tu turno.

Alzó mis hombros y se incorporó y filialmente me tendió sobre la
alfombra de nuevo. Una vez que estaba reclinado, sus manos se colocaron
sobre mi pecho y abdomen, rítmicamente frotando de arriba abajo hasta que
gemí infantilmente.

Mientras sus manos exploraban mi vientre, yo me estremecí con nerviosa
inocencia aun mirando su linda cara y yaciendo ahí como un indefenso
niñito.

—¡Oh, niñito precioso! —dijo y sonrió viendo mi pene.

Sentí una de sus manos crecidas deslizarse más abajo, las puntas de sus
dedos corriendo por mi piel alrededor de mi pito. Jadeé rápidamente y
gemí; mis ojos no dejaban de mirar su linda cara. Palpó minuciosamente
alrededor de mi pispirrín e intermitentemente tocaba el glande, lo que
causaba que gimiera de placer.

Finalmente, sentí su pulgar e índice, asiendo mi pito que en realidad era
más pequeño que sus dedos y se veía chiquito comparado con su mano, pero
era tan pueril y adorable. Cuando comenzó a frotarlo, ya estaba yo en el
camino hacia el orgasmo.

Sonrío a mi patética e indefensa mirada de mi cara, mientras yo gemía y
jadeaba; después, miro de nuevo mi pito en sus dedos. Deliberadamente lo
estaba frotando despacio, como si quisiera incrementar y alargar el placer
en lugar de apresurarlo hacia el delicioso clímax. Aun lentamente, sin
embargo, sentía como la sensación se incrementaba.

Se notaba cuando un chico sabía le hacer el amor plenamente a un niñito
menor. La mayoría de nosotros éramos impacientes por llegar al orgasmo y
tan dominados por nuestras hormonas que satisfacíamos nuestros penes
inmediatamente. Los niños más experimentados, como Ben, nuca se
apresuraban; si era posible, tenían sexo por más de una hora, todo el
tiempo estimulándose el uno al otro y manteniéndose al filo del
orgasmo. Yo no podía soportar tanto placer. Estaba sucediendo, sin
embargo. Se sintió tan agradable que todo lo que pude hacer es sollozar y
desear que terminara ya. No era tan agradable forzar demasiado placer en un
pene chiquito.

A Ben no le importaba como un niño como yo, uno al filo de la pubertad, se
sentía. Para el, yo era niño que tenía que aprender y, a él le gustaba
tener el control. Su otra mano se sentía muy sensual mientras frotaba mi
cuerpo.

Ben sabía que mi orgasmo ya estaba llegando, pues sonrió tiernamente. Era
casi inevitable. Sentía como si mi pene fuera de treinta centímetros de
longitud, pero cuando lo miré, aun era el mismo penecito que ya había
visto un millón de veces.

Justo cuando creí que iba a comenzar a sacudirme en orgasmo, mi cuerpecito
se tensó y comenzó a temblar al mismo tiempo. Mi orgasmo era tan intenso
que no podía llorar, respirar; no podía hacer nada más que tensar cada
uno de mis músculos.

Cuando el placer finalmente alcanzó el clímax, emití un alarido casi
salvaje y mi cabeza se reclinó de nuevo sobre la alfombra. Mis caderas
comenzaron a sacudirse en espasmos de pueril pasión, cada uno se sentía
como si se fueran a romper mis huesos. Estaba jadeando como si hubiese
corrido un kilómetro a toda velocidad. Me regocijaba en placer, anhelando
plenamente que pudiera quedarme en este estado de gozo para siempre. Los
orgasmos son la manera en la que Dios nos recuerda cómo es el paraíso.

La intensidad del orgasmo fue disminuyendo gradualmente y comencé a
sentirme un poco más relajado. Mi pene ahora estaba muy sensible y Ben
continuaba frotándolo.

—Ya no lo hagas —dije confundido.

Mis manos trataban de alejar sus dedos de mi rígido e infantil pene.

—Disculpa —dijo Ben, enseguida quitando su mano de mi pene y
acariciando mi pecho.

Sus manos se sentían afectuosas sobre mi cuerpo.

—¡Guau! —Ben sonrió. Sus manos cogieron mi pecho y me abrazaron.

Mis músculos parecían torpes y sentía como que no podía controlar mi
cuerpo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

Sus manos sobando mi cuerpecito desnudo.

—Creo que si —respondí distanciadamente. Trataba de ponerme de pie,
pero no podía.

—Está bien. Relájate —dijo Ben sonriendo empáticamente.

Antes que pudiera moverme, me cogió en sus brazos y tiernamente acarició
mi cuerpo y mi cabello, atrayendo mi cara hacia su pecho, su pene en
contacto con mi espalda baja.

—¿Qué pasó? —pregunté recobrando el sentido completamente después
de tan intenso orgasmo.

—Ya lo sabes —dijo sonriente.

Sacudí mi cabeza, lo que hizo que mi mejilla frotara con su suave tetilla
de niño.

—Pero… no así —dije aun jadeando y recobrando el aliento.

—Es más intenso aquí en Kovzland —dijo—; es la magia.

Asentí y me sentí como un niño consentido estando en sus brazos. Nos
quedamos en silencio por un largo tiempo mientras mi cuerpo y mi mente se
recuperaban. Ben continuó acariciándome y teniéndome en sus brazos todo
el rato.

—Ya te acostumbrarás —dijo—. Cuando lo hayas hecho muchas veces, se
sentirá mejor.

Yo me quedé callado.

—Es aun mejor en esta isla —agregó.

Cuando pensé que ya me había recuperado lo suficiente como para ponerme
de pie, Ben me apoyó sujetando el tronco de mi cuerpo hasta que pude andar
yo solo.

—¿Ya te sientes bien? —preguntó Ben.

—Si —respondí, mientras caminaba lentamente.

—¿Quieres quedarte en mi cuarto esta noche? —preguntó y su brazo se
colocó sobre mi cuello.

Yo no dije nada, pero con la manera en la que sonreí, el entendió lo que
quería y sonrió guiándome hacia la puerta.