Date: Wed, 2 Feb 2011 20:04:43 +0000
From: torux torux <torux@hotmail.com>
Subject: Mario y Miguel 2

Esta historia es ficticia. Los personajes e incidentes son producto de mi
imaginación. Cualquier semejanza con la realidad es mera
coincidencia. Comentarios bienvenidos.



Capítulo II: Mi hijo Mario ( Mb inc )


Me llamo Fernando, tengo 40 años y quiero contar lo que me ocurre hoy y
cómo fue que llegué a esto.

Me casé a los 27 años con una mujer hermosa como un sol, con un cabello
rubísimo y piel blanca que contrasta fuertemente con mi piel morena. La
conocí en la universidad y fuimos novios desde estudiantes. Luego de
egresar nos establecimos bien en nuestros trabajos y unos años después nos
casamos y trajimos al mundo a nuestro hijo, el primero y el único, un par
de años después.

Los primeros años fueron una locura de sexo y buen entendimiento, Jamás nos
imaginamos que con el correr del tiempo nuestra relación terminaría como
terminó... ni mucho menos que luego la vida nos volvería a juntar. Claro
que esto último, ya por razones completamente distintas y, por mi parte
motivado por el hecho de querer estar junto a mi hijo. De eso se trata esta
historia.

Luego de separarme de mi mujer, nuestras relaciones trataron de seguir por
un cauce civilizado, ni ella ni yo queríamos líos judiciales por la
custodia de Marito ni mucho menos que él sufriera por culpa del desamor de
sus padres. Así fue como llegamos a un arreglo para que Marito viviera con
ella y pudiera visitarme a mi tanto como fuera posible. Yo me allegué en la
casa de mis padres en un primer momento, pero luego ya armé un departamento
para mí solo y con las comodidades necesarias para recibir allí a mi hijo,
por ese entonces de 9 añitos.

Mi hijo es una maravilla, siento que mi amor por él es
inconmensurable. Desde pequeño acostumbraba a sentarse en mis piernas para
que le diera de comer y muy frecuentemente me llenaba a besos que yo
respondía con todo el cariño que me inspiraba y me inspira aún hoy. Fue
difícil internalizar el hecho de vivir fuera de casa y lejos de él.

Se hizo una rutina que Mario me visitara en la casa de mis padres y luego
en mi departamento, a veces por fines de semana enteros. Yo no era
completamente feliz, me sentía solo y mi hijo me servía de compañía, pero
aún así, necesitaba algo más. Sexo. Poco a poco me aficioné a la bebida
también, aunque nunca al punto de perder los estribos ni las riendas de mi
vida. Esto nunca ocurría cuando Marito estaba conmigo, pero ocurrió un día,
tal vez un año después de mi separación, que Marito llegó al depto. un
viernes en la tarde y me encontró algo bebido, no mucho, pero lo suficiente
para que él se diera cuenta. Me sentí mal por eso así es que muy luego me
fui a la cama y le dije a Marito que se acostara también. Me sentía cansado
y un poco vacío.

Mi hijo tiene una pieza propia en el departamento, pero suele acostarse
conmigo. Es más, desde pequeño siempre ha sido muy cercano a mí. Al llegar
del trabajo lo primero que ocurría al abrir la puerta era que Marito corría
a aferrarse a mis piernas y luego no me dejaba ni a sol ni a sombra. Eso me
hacía sentirme muy orgulloso. Ahora ya estaba un poco más grande, pero no
me atrevía a mandarlo a dormir solo. Como ya dije, es un chico muy
querendón de su padre.

Me dormí rápidamente, ni sentí cuando Marito se acostó a mi lado. Supongo
que el cansancio y la bebida hicieron su efecto en mí.

No he tenido muchas parejas desde que vivo solo y eso me preocupa. No es
que no tenga nada, de vez en cuando, alguna amiguita con quien saciar mis
apetitos, pero siempre, por alguna razón quedo insatisfecho, es como una
sensación de vacío que no sé con qué llenar. Extraño el buen sexo. Esa
noche soñé con una de mis últimas conquistas. Sentía su calor a mi lado y
sus manos acariciando los pelitos de mi barriga. Era un sueño extraño, a
ratos era muy sexual, pero en momentos se hacía indefinible, me hacía
sentir relajado, como en un estado de extraña placidez. A ratos esa
amiguita se transformaba en mi esposa en los momentos buenos que tuvimos y
sentía su mano en mi verga, acariciándola como ella siempre lo hacía. Su
boca me rodeaba el glande y me succionaba pasando la lengua por toda mi
cabecita. Luego eran mis pelotas las que mimaba con su ardor. Se sentía
rico, pero era como tantas otras veces, sólo un sueño. ¿Un sueño?...
Desperté de pronto horrorizado por lo que estaba sucediendo. Me senté y
encendí la luz. No, no era un sueño, mi hijo sostenía mi verga enorme con
una mano y con sus ojitos muy abiertos me miraba aterrorizado.

A duras penas me cubrí el bajo vientre mientras mi hijo comenzaba a
sollozar. Lo atraje hacia mí completamente desconcertado y a la vez
avergonzado. Más por estar así, con la verga aún palpitante, que por lo que
había sucedido. Rodeé al niño entre mis brazos y lo consolé. Le hice muchas
preguntas. Me sentía culpable. No sabía por qué, pero me sentía
culpable. Tal vez porque lo que me estaba haciendo era lo que necesitaba y
no podía permitir que ese pensamiento se apoderara de mí.

Un rato después logré que Marito se durmiera, pero yo no pude conciliar el
sueño otra vez. Mi verga seguía dura y soltando jugos que corrían por mis
bolas. Intenté pajearme, pero algo me decía que lo que quería era algo
más. Por mi mente pasaban imágenes de Marito chupándome la verga, ensartado
en ella Trataba de pensar en una mujer, pero la imagen de mi hijo volvía
una y otra vez. Levanté la sábana y lo ví allí, acurrucadito dándome la
espalda. Toqué suavemente su colita sobre el pijama. Me recriminé por eso,
pero al rato le había bajado el pantaloncito sólo unos centímetros, lo
toqué allí, pasé un dedo en una caricia imperceptible por su rayita,
queriendo descubrir no sé qué cosa.

No sé cómo fue, realmente no lo sé. Un rato después le había bajado el
pantalón dejando su colita completamente descubierta y me arrodillé a su
lado poniéndolo de guatita. Abrí sus cachetes y acaricié su anito con mi
lengua. Me sentía mal por eso, pero no lo podía evitar, era más fuerte que
mi voluntad. Traté de meterle un dedo mojado en mi saliva. Pero él se movió
y me asusté. Lo dejé y preferí levantarme un rato a fumar un cigarro.

Del cigarro pasé a tomarme un trago. Entré a la cocina y me serví un vaso,
luego fue otro. Decidí acostarme nuevamente, pero ahora ya no podría echar
pie atrás, era algo que se había metido en mi mente y no había manera que
pudiera sacar ese pensamiento de mi cabeza. Antes de meterme a la cama,
destapé a Marito y lo desnudé completamente. Me saqué el slip y acaricié
sus nalgas con mi vergajo. Pasaba la pichula por entre sus nalgas dejando
una estela brillante y húmeda con el líquido preseminal que no dejaba de
brotar. Me ensalivé un dedo y poco a poco lo fui metiendo en su cuevita.
Como resultaba un poco difícil hacerlo así, saqué una crema para las manos
del velador y metí un dedo allí. Entró con mayor facilidad. Marito se movía
como queriendo cooperar o eso al menos me pareció. Eso me enervó más y metí
un dedo, luego otro. Lo penetraba ardiente, pero suavemente con mi dedo
medio. Me acosté a su lado sin sacarle el dedo del hoyo y lo dí vuelta
hacia mí. Lo comencé a besar en su carita, su cuello, le daba mordisquitos
en su orejita. Todo ello sin sacar mi dedo de su culo que ardía. Aferró mi
pene entre sus piernecitas y entonces, temiendo que me hiciera eyacular
prematuramente, lo subí sobre mí y ya sin importarme nada, le fui diciendo
qué hacer. De alguna manera quería disminuir la culpa y no sentir que era
yo el que lo obligaba a hacerlo. Él cooperó, poco a poco la pichula fue
entrando en esa caverna ardiente y estrecha que me estrangulaba y me hacía
gemir de placer. Sabía que mi hijo sufría, pero nada haría que cejara en el
intento. Así fue como me culeé a mi hijo. A los diez años, casi once, fue
penetrado por su papá.

Mi hijo. Mi pequeño de once añitos aún por cumplir, cabalgaba obscenamente
sobre el cuerpo maduro de su padre con sus ojitos cerrados por un placer
supremo. Su gruta ahorcaba mi pene, pero de una manera deliciosa. ¿Sería
capaz de renunciar alguna vez a ese supremo placer que mi niño me
entregaba?.

Soy un hombre grande. Mi pecho está cubierto de espeso vello oscuro, mi
pene es grueso y venoso, mis pelotas son dos esferas pesadas y colgantes,
poderosas, mis brazos son fuertes y mis piernas dos troncos ásperos y
duros. Cuánta diferencia con mi niño, él salió a su madre, era delgado y
blanquito, sus facciones finas. Dos seres completamente distintos, pero
entregados al supremo placer de dar y recibir amor. Era un espectáculo de
lujuria sin igual. Sentí que no aguantaba más y exploté dentro de mi niño
aferrándolo a mí y dándole todo lo que en derecho le pertenecía. Lo besé
con ardor. Mi perrito también había gozado a su papito.

Al día siguiente lo llevé donde su madre. Estaba asustado, y no tuve valor
para enfrentar la situación. Casi no hablamos. Antes de llegar a la casa de
su madre, me agaché y le dije:

--Marito, no se olvide nunca que yo lo quiero mucho y muy pronto vamos a
estar juntitos otra vez, ¿sí?

--Sí, papito --me dijo.

De ahí en más traté de ordenar mis pensamientos, pero día a día se me hacía
más imperiosa la necesidad de poseerlo nuevamente. Comencé a frecuentar la
casa de su madre en días de semana, cosa que yo no acostumbraba a hacer.
Esperaba ver a mi hijo y hacerle sentir que yo era suyo, que no me había
perdido.

Así fue como se fueron dando las cosas y unos meses después, había vuelto
con su madre. Pero claro, yo no más sabía el porqué quería yo volver. Mi
esposa me recibió de vuelta y si bien, no todo era miel sobre hojuelas,
decidimos recomponer nuestro destino. Me esmeré en hacerla feliz, pero cada
vez que hacíamos el amor, sentía que necesitaba ese otro hoyito abrazando
mi pichula.

Nos cambiamos a una casa más grande con el afán de iniciar una nueva vida
pero no era fácil. No había suficientes momentos a solas entre él y yo,
pero al menos sabía que ahí estaba, que ya podría hacerlo mío nuevamente
cuando la oportunidad se presentara. A solas en la cocina, le daba besitos
en los labios y le hacía ver que eso sólo era entre nosotros. No sé por
qué, si antes lo hacía también y era totalmente natural. Supongo que ahora
quería que todo fuera lo suficientemente privado, como para hacer de esos
momentos algo especial. No perdía la oportunidad de exhibirme ante él
cuando salía de la ducha. Y Marito me buscaba, claro que sí. Tampoco él
perdía oportunidad de mirarme la entrepierna cada vez que podía; y a veces,
hasta pude conseguir que me la chupara rápidamente en el baño o en la sala
en momentos en que mi mujer hacía sus cosas.

Al fin llegó la oportunidad, al fin pude meter mi pico en un hoyito virgen
de nuevo, pero claro, Marito ya no era virgen, por lo tanto no fue a él a
quien penetré en la siguiente ocasión. Fue a Migue, un compañero de escuela
de Marito que fue a buscar un cuaderno un día en que mi hijo y su madre
habían ido a ver a los abuelos.

Torux