Date: Sun, 18 Jul 2010 15:11:05 +0200 From: Gladis Mcmillan <gladmc@gmail.com> Subject: Sed [Con Sergio Canales como Sergio Gáez y Bojan Krkic como `Bo' Carbonell] Esta historia es pura ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia (a parte de algo totalmente paranorma) y digno de un documental). Mi total respeto para las dos personas que usé como referencia para crear los personajes. Y como siempre, si tienes alguna sugerencia o comentario, no dudes en enviarlo a gladmc@gmail.com Dicho esto, a disfrutar! ************* Habiendo llegado diez minutos tarde, entró rápidamente a la clase e intentó sentarse con sigilo en su sitio. - Señor Gáez, ¿cree que porque su profesor lleve gafas eso le hace automáticamente invisible? Haga el favor de sentarse en su sitio de una vez, y luego ya tendremos una charla usted y yo. ¡Mierda! No, no había tenido suerte esa mañana. Si hubiese creído en los astros hubiese dicho que estaban todos torcidos y en su contra. El despertador no había sonado, el café le había manchado el uniforme, el bus se le había escapado, el paraguas se le había roto, y ahora llegaba tarde a la clase del profesor más estricto de todo el instituto. Hay días en los que es mejor no levantarse, pensó. La clase debería de haber parecido más corta, pero Sergio estaba tan cagado por la bronca que iba a recibir que se le hizo eterna. - En menuda te has metido, chaval! - A mi no me hace puta gracia, `Bo'. Pero `Bo' seguía riéndose. Eran ese tipo de mejores amigos, siempre puteándose pero arrimando el hombro cuando el otro lo necesitaba. Al fin el timbre que daba fin a la clase, y que a Sergio le sonó como una sentencia de muerte. - De acuerdo, aquí finaliza la clase de hoy. No olviden traer el esbozo de su proyecto para el martes que viene. Señor Gáez, quiero verle en mi despacho en cinco minutos. - Pues vale. `Bo' tarareó la marcha fúnebre, y a él se unieron un par más de colegas. Definitvamente, era el fin. *toc toc* - Adelante. Oh, Señor Gáez, veo que ahora no llega tarde. Pase pase, tome asiento. - Sí, Señor Horroya. Los nervios le hicieron carraspear un poco. Siempre le pasaba cuando no quería enfrentarse a algo, era como un extraño mecanismo de defensa que no había aprendido a quitarse de encima. - Vaya, veo que a usted también le ha afectado el invierno como a mi. Casualmente me acabo de preparar una limonada con miel, ¿quiere un poco? Tenga, tómeselo y Empecemos - Gracias. - Dígame, Señor Gáez, ¿Sabía usted que es la decimo tercera vez que llega tarde a mi clase? - N-No... - Y siempre con malísimas excusas, que si su madre se había puesto de parto, que si el perro se había escapado y había tenido que buscarlo, que si una misteriosa ráfaga de viento se había llevado todos sus apuntes de camino al instituto... Señor Gáez, sorpréndame ¿cuál será la excusa de hoy? Le aseguro que por ser campeón del torneo nacional de futbol entre institutos no le permitirá librarse de mí así como así. Otros quizás harían la vista gorda, pero le aseguro que ese no es mi caso. Sabía que aunque le contase la verdad no le creería. Se puso más nervioso, carraspeó otra vez, y pensó que beber un poco de limonada le daría tiempo para buscar una excusa más convincente. - ¡Joder! ¡Esta limonada está de muerte, Señor Horroya! ¿Puedo repetir? Creo que me la he bebido del tirón. - Cuide su lenguaje Señor Gáez ¿Y en qué manera responde eso a mi pregunta? Me alegro que aprecie mis capacidades culinarias, pero le he preguntado claramente cuáles son sus motivos para faltarme al respeto a mi y a sus compañeros con su carencia de disciplina a la hora de llegar a clase. Contésteme y hágalo con total sinceridad, Señor Gáez. - Oh, lo siento, no era mi intención. Verá, es que... No me va a creer, señor. - Inténtelo, podrá beber más limonada después. - ¿De verdad? ¿Me dará más si le digo la verdad? Sus ojos se abrieron, y le parecía que quizás se había excitado un pelín demasiado por tan solo una limonada, pero realmente estaba muy buena y su boca estaba más seca y sedienta que antes de que entrase al despacho. - De acuerdo. Le diré todo lo que ha pasado. Verá, en realidad es muy simple, primero se me ha parado el despertador, cuando he intentado ir deprisa desayunando, me he manchado el uniforme con café y me he tenido que cambiar de ropa. Además, el autobús se me ha escapado y he tenido que venir corriendo bajo la lluvia porque el paraguas se me ha roto. No podía creerlo, ¿era él el que hablaba tan rápido? Su plan era soltar alguna mentirijilla creíble y poder beber más de esa limonada, ¿por qué entonces había dicho toda la verdad, de cabo a rabo y sin dejarse detalle? - ¿Ve que fácil que ha sido? Ahora beba un poco más, debe de escocerle la garganta después de una explicación tan larga. Eso es, el vaso entero. Muy bien. Qué extraño, el profesor sonaba ahora inusualmente amable. No solo no le había soltado un sermón aun sino que además le premiaba. - Señor Horroya, sonará a peloteo, ¡pero esta es la mejor limonada que he probado en mi vida! ¿Qué marca ha dicho que era? ¡Le pediré a mi padre que llene la despensa! - Mucho me temo que no podrá comprarla, es de fabricación propia. He tardado años en conseguir esta receta tan única, y no estoy dispuesto a compartirla con ninguna multinacional. Pero beba, beba más si tanto le gusta. Mientras, ¿qué le parece si hablamos de su futuro? Estoy interesado por saber cuáles son sus expectativas ¿Qué querría hacer si aprueba la selectividad? Sergio cogió el vaso con un poco más de fuerza de la necesaria, engulló el contenido y pensó en qué responder. Como el Señor Horroya impartía química, pensó en decir algo relacionado con el campo, ingresar en la facultad de medicina o alguna tontería así. - Pues lo que realmente me gustaría sería vivir para siempre con Melisa Barrios. Y la sonrisa con que lo había dicho cambió de inmediato ¿Cómo? ¡Eso no era lo que él quería decir! ¿Cómo había acabado contándole algo que tan solo su mejor amigo `Bo' sabía? - Oh, perdone Señor, esa no era la respuesta que tenía pensado darle... - Pero era la respuesta correcta, ¿cierto? No se preocupe, está bien, ha dicho la verdad, y se lo agradezco. Por eso, tenga, un poco más de limonada. Empezaba a estar un poco lleno, pero su cuerpo ardía en ganas de tomar más de ese líquido amarillo. La sola palabra `limonada' le había hecho erizar todo el pelo. - ¡Gracias! Pero cuando el profesor estaba a punto de dársela, giró la muñeca delante de sus narices y todo el contenido del vaso se vertió directo en su camisa. - ¿¿Pero qué coñ...?? - Oh, pero qué torpe soy, mire como le he puesto. Sergio sabía que era mentira, que realmente lo había hecho a posta. Estaba seguro de que se lo había tirado deliberadamente. Y para colmo ese tono de condescendencia le tocaba lo que no sonaba. - Qué desperdicio, ¿verdad? Estoy seguro que le apetecía muchísimo ese vaso de deliciosa y fresca limonada que estaba a punto de servirle. De hecho, apuesto que con tan solo oír la palabra `limonada' su boca se vuelve agua, y su garganta arde en deseos de apagar la sed. Era cierto. Le fastidiaba mucho estar empapado, pero lo que le fastidiaba aun más era no haberse podido beber esa limonada, tan dulce, tan fresca. No podía dejar de mirar su ropa y pensar que era una pena enorme que ese líquido estuviese ahí en vez de en el vaso de cristal. - ¿Verdad que tengo razón? Sí, yo siempre tengo razón señor Gáez, aunque usted se empecine en querer demostrar lo contrario. Oh, no lo entiende, ¿verdad? No entiende por qué no puede dejar de mirar su camiseta, ni tampoco de por qué tiene tantas ganas de quitársela ahora mismo para poder saborear lo que queda de `limonada'. Con esta última palabra, que el profesor Horroya acentuó de forma descarada, Sergio tuvo otro escalofrío, esta vez mayor. - Ni siquiera puede mascullar una palabra, eh Señor Gáez? Ha quedado usted absorto, prendado por el hechizo de mi `limonada' especial. Apuesto a que ahora mismo todas las costuras de esa camisa blanca le aprietan, le restringen, está deseando quitársela, verdad? Quiere exprimir hasta la última gota de la `limonada'. Pero sabe, solo tiene que pedírmelo y podrá usted quitarse esa pesada camisa - Yo n... - Vamos, señor Gáez, sé que lo está deseando, solo pídamelo y le dejaré hacerlo. - Mmm... P-puedo.... Puedo quitarme la camisa señor Horroya? ¿Pero que le pasaba? ¿Acababa de pedirle permiso para medio desnudarse al engreído de su profesor? Ah, pero esa camisa le estaba estorbando muchísimo. ¡Y tenía tanta tantísima sed! - ¿Ve cómo ha sido fácil? Adelante, puede quitársela. Con cierto recelo y cara de incredulidad por lo que iba a hacer, Sergio se desabrochó los dos primeros botones del cuello de su camisa. Podía sentir la mirada penetrante de su profesor, como si con cada botón del que se deshacía el hombre se regodease de placer. Se ruborizó y miró hacia otro lado. Él solo quería más limonada, ¿por qué tanto espectáculo? Cuando hubo desabrochado la mitad, no pudo esperar más y con fuerza se quitó la camisa por encima de la cabeza. Sus pelos se despeinaron un poco, pero eso ya no le importaba, por fin tenía su tesoro en sus manos. - Ahora chúpala, lámela, bebe todo lo que quede, Sergio. No quería hacerlo, en absoluto, era degradante, era ofensivo, incluso el tono que estaba usando ahora su profesor, le hacía sentir sucio. Pero el deseo de beber ese líquido tan dulce, ni que fuesen unas gotas, sobrepasaba cualquier frontera. Con las mejillas rojas y el pulso tembloroso, se acercó lentamente la camisa a la cara. El olor a néctar entraba por su nariz con un leve cosquilleo que parecía atontarle la mente. Sus ojos cerrados, concentrados en la experiencia, su lengua a escasos centímetros del tejido blanco. La anticipación era enorme, pero la electricidad que sintió cuando lamió por primera vez aquel néctar la superó con creces, y no pudo evitar soltar un pequeño suspiro de placer. - Está rico, verdad? - Mmm. Fue todo lo que pudo decir. Los suaves lamidos pasaron a ser salvajes, pronto pasó a retorcer la camisa y morderla, estrujando la tela entre sus dientes para poder exprimir el máximo de zumo posible. No se dio cuenta que unas manos tocaban su cabello, ni que bajaban por su cuello, ni que la acariciaban sus delgados brazos. Estaba demasiado concentrado en beber, beber más, conseguir más néctar. - Eso es, siga así, sienta como la `limonada' se apodera de su ser, de su voluntad, señor Gáez. No sabe cuánto tiempo he estado esperando este momento. El profesor continuó la exploración del cuerpo del muchacho. Le encantaba aquella suave piel morena y el contraste con aquel bello dorado. Su abdomen era una tabla de chocolate y sus pezones dos fantásticos orbes punzantes y tiernos. No pudo evitar darle un par de pellizcos. Paseó su boca por la nuca, dando pequeños besos húmedos aquí y allá, absorbiendo el aroma a adolescencia, a la vez que exploraba con su masculinidad las nalgas del chico. Solo las capas de tela de los pantalones de uno y del otro le separaban de la penetración y eso le parecía altamente sensual. Le bajó los pantalones del uniforme, y no se estuvo de palpar el paquete de Sergio mientras le desabrochaba los botones de la cremallera. Acabó de bajar los pantalones y en seguida descubrió unos calzoncillos naranjas tipo brief con el escudo de su equipo. Típico. Pero aquel culo no era nada típico. Redondo, altivo, cada mejilla en su debido sitio, y seguido por aquellas piernas tan musculosas de tanto patear balones. No resistió la tentación de hundir su cara entre las dos mejillas. Olía a masculinidad temprana. Tenía que ser suyo ¡YA! Poseído por la libido, se quitó el chaleco de punto y la camisa. Con la misma velocidad se bajó los pantalones, sus grandes calzones una tienda de campaña cuya polea apuntaba hacia al culo de su alumno. Fue a frotarlo un poco más por aquellas firmes montañas pero se le ocurrió una idea mejor. Volvió al escritorio y de ahí sacó otra botella de limonada. Abrió el tapón y asegurándose que Sergio no le perdía de vista, balanceó la botella delante de sus ojos. - Apuesto a que a esa camisa ya debe de estar casi seca ¿No querrías algo más refrescante? Ven, tengo una botella entera para ti solo. El muchacho, aun con la camisa en la boca, se acercó como sonámbulo, sus ojos azules absortos en el frasco. - ...Pero si la quieres, tendrás que beberla de mí. Y dicho esto, se tiró el el bote entero por todo el cuerpo. La reacción fue inmediata. Sergio abalanzó su cuerpo hacia el suyo, con tanta fuerza que el profesor cayó sorprendido sobre la moqueta. No había calculado que acabaría en el suelo tan rápido, pero entendió que todo andaba bien cuando el adolescente se aceleró en usar su lengua para absorber todo el líquido, engullendo cada gota de que había en todo aquel cuerpo. La visión era increíble. Aquella mata de pelos dorados subiendo arriba abajo, siguiendo todo su cuerpo, y aquella pequeña lengua puntiaguda resiguiendo hasta el último de los recovecos. La cara del chaval era de total placer, roja por el rubor, y con los ojos en éxtasis. Las cosquillas eran casi inaguantables, pero eran contrarrestadas cada vez que Sergio llegaba a algún punto sensible. El señor Horroya agarró con fuerza el culo del chico, masajeó sus mejillas y se entregó al máximo. No era exactamente lo que esperaba pero sí mucho más de lo que había recibido en aquellos 47 años de represión dentro de un armario del que nunca le habían dejado salir. - ¡Oh, sí! lámelo todo, no dejes ni gota. Rompió con sus manos los calzoncillos baratos del chico a la vez que retiraba los suyos. Sabía que iba a ser difícil, pero tenía que intentarlo. Untó su dedo con algo del zumo que recorría su cuerpo y obligó al chico a lamerlo. Su boca lo engulló y absorbió todo el jugo dejando solo un rastro de saliva. Esa había sido una imagen perfecta que esperaba volver a ver en otras circunstancias. Pensó que esa saliva no podía desperdiciarse, así que repasó en círculos el ano del chaval. Nada fácil, teniendo en cuenta que éste no paraba quieto, en aquel esfuerzo tan grande de recorrer con su lengua todo el cuerpo. Cuando creyó que ya estaba suficientemente lubricado, empaló como pudo al chaval, que por muy ensimismado que estuviera, no pudo evitar pegar un fuerte grito que pareció romper cualquiera que fuese el hechizo que bloqueaba su mente. El chico se levantó y empezó a gritar fuera de sí. -AH! Qué estoy haciendo aquí? profesor!! Qu..! El profesó actuó rápido. Tenía que callarlo, y sabía cómo. Se dirigió veloz hacia el armario que tenía justo al lado y de él sacó una pecera rectangular que aparcó en el suelo. El muchacho dejó de gritar de inmediato. Sus ojos se clavaron en el contenido de la pecera: limonada, fresca, dulce, sabrosa. Sin que pudiese controlar muy bien sus pensamientos, sus pies avanzaron, sus rodillas se doblaron y cuando quiso darse cuenta se encontraba a cuatro patas bebiendo del recipiente, como si de un animal de corral se tratase. Era humillante, sabía que estaba desnudo y delante de un profesor, pero el deseo por ese sabor llegase a su lengua y bajase por su garganta era mil veces mayor que cualquier remordimiento. - Todos estos años portándote como un animal, y mira por donde has acabado a cuatro patas. Horroya se acercó por detrás, no podía evitar esa sonrisilla de satisfacción. Por fin se encontraba en completo poder. Separó un poco las piernas del chico para descubrir su agujero. Era tan bello. Brillante, rojo, Ni un solo pelo lo sellaba. Lo hubiese lamido con gusto pero tuvo que contenerse. Con tan solo una gotita de aquella sustancia química ya estaría tan perdido como Sergio. Se arrodilló él también para estar a la altura, y lentamente empezó otra vez a acariciar la zona con dos dedos. El agujero de Sergio respondía con ligeras palpitaciones. En cuanto introdujo uno de los dos dedos no pudo evitar pensar que para a ser totalmente virgen, el dedo se deslizaba con total naturalidad. Efectos secundarios de su mejunje, quizás. Entonces tocó donde tenía que tocar y un gemido llenó la sala. Por muy absorto que estuviese, el placer absoluto era algo difícil de negar. Después de unos minutos, ya estaba listo. Por fin entraría dentro del niño que le había amargado la existencia. Le dio a su pene un par de toques lubricantes y de inmediato hizo entrar en contacto su glande con el anillo del ano. Entró, más profundo, más intenso, más cálido. Su pene desaparecía dentro de aquella cavidad rosa. La cara de satisfacción del hombre era indescriptible. - Así es, buen chico, relájate y deja que el profesor te entre. Así. Agarró firmemente las caderas del chico, y con cada metida acercaba el cuerpo del adolescente al suyo, encajando y desencajando su mástil con cada movimiento de pelvis. - Oh, ¡Así! ¡Así! El éxtasis le estaba volviendo loco. Ni si quiera se dio cuenta que el cuenco ya estaba vacío, ni de que Sergio recobraba la consciencia. - ¡Q-quierro.... Mmmmás zummo! - ¿Ah, sí? Sacúdetela mientras te doy y tendrás más zumo. Sergio acató órdenes, no muy seguro de la relación de una cosa con la otra, y empezó a masturbarse mientras recibía las embestidas del que horas antes le impartía química. - ¡Sí! ¡Siente como el pene de este fracasado te llena por completo! ¡Ahg! Necesitas esta sensación de humillación, Sergio, ¡oh sí! ¡Necesitas que hombres como yo te llenen ese vacío que has tenido siempre! - ¡Ssí! ¡Sí! ¡Siií! Las palabras del hombre se grababan en su mente, mezcladas con el mono de la sustancia química y el placer que recibía en las zonas erógenas de su pene y de su próstata. Para él, todo lo que oía era cierto, o si más no, no pasaba los filtros de la moral o del raciocinio. - Y cada vez que te sientas así, y va a ser muy a menudo, acudirás a tu profesor Horroya, ¿verdad? - ¡Ssíiii! - Y a partir de ahora te comportarás en mis clases c-como el animal sumiso que eres, ¡agh! ¿Verdad que ssí? - Oh, sí! S-sumiso, síii! - ¡Ah! Me voy a correr, y en cuanto lo haga, sabrás que esta ha sido la sensación más placentera de tu corta vida, pero que no, ¡no se lo podrás contar a nadie! ¡Ahg! Y obedecerás tod-o lo que te mande. - ¡Obedecer...! ¡Agh Agh! Y en ese mismo instante, borbotones de líquido caliente salieron del pene del profesor, llenando el interior de Sergio el cual, involuntariamente sincronizado, disparó todo su semen llenando la moqueta de su propio líquido blanco. Como despertado de un trance, se dio cuenta de dónde estaba y de qué acababa de ocurrir. La sensación del líquido caliente deslizándose por sus piernas, el sudor frío cayendo de su frente, la respiración fuerte y lo que era peor, el despacho del profesor Horroya. Palideció, enrojeció, estaba a punto de desear la muerte cuando los fusibles de su mente pasaron a disposición de las órdenes que había recibido en esos últimos cinco minutos. Sí, era ridículo, humillante, espantoso, se tendría que sentir fatal, pero en vez de eso, sentía que era la experiencia más placentera de su vida. Ni tan solo el sexo con aquella mujer del pueblo, la única hasta entonces, había llegado a ponerle tan cachondo. Sabía, aunque nunca lo había querido reconocer, que durante toda su vida había estado buscando que alguien lo degradase y lo utilizase así. ¡Sí! Ahora lo veía claro. Todo aquel pavoneo delante de sus compañeros, todas la mofas hacia los marginales, ¡todo aquello era pura fachada! Solo señales para llamar la atención, para que alguien le pusiera a ralla. Giró la cara, vio al profesor Horroya y entendió perfectamente y de inmediato que le debía respeto al hombre que le había abierto los ojos de aquella manera ¡Qué afortunado se sentía! - Gáez, qué son esos ojos de cordero degollado, espabile y limpie todo este estropicio. - Sí señor. - En cuanto acabe, vístase y váyase para casa. Su padre debe de andar preocupado, y no me extraña con un salvaje como hijo. - Sí señor, disculpe señor. El profesor estaba en pleno júbilo. Le parecía surrealista que su plan de científico loco hubiese funcionado. ¿No parecía Gáez hasta agradecido? Había obrado el plan a sabiendas que las probabilidades de éxito eran prácticamente nulas. Hasta tenía preparado un poco de formol por si las cosas no salían bien. Pero los astros estaban clarísimamente a su favor. Había conseguido por fin convertir a Sergio en su fiel perrito y por su mente se paseaban todas las perversiones que había estado ideando hasta entonces. - Tantas posibilidades y tan poco tiempo...